1.29.2007

La Luz del general


Loca, fascista, extremista, demente, insana. De todo le han dicho a esta mujer de 33 años que durante toda su vida se ha mantenido firme e incondicional junto a figura del general Augusto Pinochet. Saque usted sus conclusiones.

Por Daniela Pavez

11 de diciembre del 2006. En las afueras de la Escuela Militar, los pinochetistas lloran. No entienden cómo es que algunos celebran, cómo es que no se habla de funerales de Estado. Cegados desde hace más de treinta años, los pocos amigos que le quedan a don Augusto esperan su turno para poder ingresar al velorio y despedir a ese hombre por el cual darían la vida.

Entre ellos, Luz Guajardo se pasea desconsolada. Tiene miedo, le duele el pecho y siente la razón nublada. Está pálida, ojerosa y cansada. No ha dormido, no ha comido. Desde que su general cayó al hospital, lo dejó todo para ir a tras él. Como buena soldado, no podía abandonarlo ahora.

Luz espera su turno y logra entrar al velorio. La escena la destroza. Ahí, vestida con sus pantalones de combate y su sudadera, se cuadra por última vez frente a su general.

No soporta ser parte de ese cuadro fúnebre por mucho tiempo. La tristeza la está matando. Se retira del velorio, se despide de sus amigos y comienza a vagar por las calles aledañas al recinto militar. Está confundida, todavía no puede creer que acaba de ver a su general muerto. Piensa que quizás todo sea un sueño, una mala pasada de su cabeza y entonces la desconcentran los gritos festivos de un grupo de obreros.

Los hombres de la construcción gritan insultos contra su general. Lo llaman “asesino”, “dictador”, “viejo de mierda”. Se alegran de su muerte y se ríen del dolor ajeno. Algo pasa en Luz.

El cansancio se esfuma. Los ojos se le inyectan de ira y su pelo se eriza. “Nadie le dice así a mi general. Nadie”, piensa y sin dudarlo dos veces agarra un palo y arremete contra los vidrios de la planta baja del edificio en construcción.

De su boca escapan improperios fuertes y gritos enajenados. La prensa desvía su atención del velorio y la rodean. Pero ella ni se inmuta. Está en trance, está poseída por una fuerza que la supera.

Las cámaras la graban. A ella y a sus amigos neonazis que también destrozan los ventanales. Destruyó todo lo que se le cruzó y luego volvió a respirar tranquila. Tenía varios cortes en sus brazos, pensó que necesitaba agua.

Suspiró, miró a su alrededor y quiso regresar a casa, pero no pudo. Al único lugar donde iría sería la cárcel.

A LONDRES EN 24 CUOTAS

A diferencia de las imágenes que recorrieron el mundo en las que aparecía agarrándose a golpes con cuanto opositor se le cruzara, Luz Guajardo habla con suavidad, sonríe mucho y se toma varios segundos para contestar lo que sea. Le gustan los pasteles, ver el mar y pasear con Diego, César, Isidora y Augusto, sus cuatro hijos.

Hoy, cuando ya ha pasado más de un mes de aquel día de furia, Luz dice que se asombra al ver esas imágenes. No se reconoce y le da algo de pena por sus hijos. “Pero sé que ellos lo entienden. Cuando el César preguntó por qué había roto los vidrios, Diego, el mayor, le dijo “es obvio. Alguien dijo algo feo contra el abuelito Pinochet”. Ellos saben súper bien por qué me enojo”.

Y es que para nadie es un misterio que Luz defiende con garras y dientes al fallecido general. Su rostro se hizo conocido en 1998, cuando junto a otros simpatizantes del ex dictador viajó hasta Londres para acompañarlo en sus días de encierro en la clínica.

Cuando Luz se enteró que el general estaba detenido por un proceso que habían iniciado los españoles, se horrorizó. Iba en la micro cuando escuchó la noticia. Saltó de su asiento y corrió junto al chofer para pedirle que subiera el volumen. “Detuvieron al asesino” comentó el micrero y Luz le pegó un combo en seco. Frente a ella, nadie puede hablar así de su general.

Tras comprobar la noticia, no lo dudó dos veces. En 24 cuotas compró su pasaje, dejó a Diego y César con su hermana y partió a Inglaterra.“Quería hacerle saber que no estaba solo, que dónde estuviese siempre tendría a su tropa de la calle junto a él”.

En ese entonces su marido vivía en Estados Unidos por razones de trabajo. Luz reconoce que quizás debió avisarle, pero dada la desesperación lo olvidó. Se subió al avión y se contacto con él cuando ya era tarde. “¿Qué cresta haces en Londres? Ya te estás pasando”, le dijo y ella le cortó. Así la conoció, así se casó con ella. No le quedaba más remedio que aguantar.

UN BUEN SOLDADO

Luz estuvo dos veces en Londres. La primera vez por veinte días, la segunda para acompañar al general en su regreso. Ambos pasajes los compró a crédito. Hizo malabares para poder arreglárselas, pero logró pagar. Dice que siempre ha tenido ayuda de buenos amigos y el dinero nunca le ha faltado.

Pero ahí no se detuvo la carrera fanática de la soldado Guajardo Robles. Para esos momentos, Luz ya se había entusiasmado con ser parte de la llamada “tropa callejera” del general así que se comprometió a estar presente cada vez que don Augusto lo necesitara. Aunque eso significara sacrificar marido, hijos, amigos, trabajo o lo que fuera. Entre ella y su general nadie podía interponerse.

Y es que para Luz no hay hombre más grande y poderoso que Augusto Pinochet Ugarte. En él se resumen todas las cualidades de la perfección. Cuando habla de él, los ojos de Luz brillan y no deja de sonreír.

“Lo encontraba un hombre terriblemente fuerte y eso me hacía sentir protegida, segura. Me encantaba escucharlo hablar, saber que él siempre tendría la última palabra y que con mi general el orden estaba asegurado”.

Luz a veces piensa que todas las carencias de su padre, las resolvió en el general. “Lo vi más fuerte que él”, asegura, quizás motivada por una infancia en la que esta mujer de 33 años sufrió en silencio más de alguna vez.

"RODEADA DE COMUNISTAS"

Cuando habla de su pasado, las respuestas se vuelven cortantes y los silencios entre cada palabra se acrecientan. “Fíjate que dentro de todo, puedo decir que tuve una infancia feliz”, dice, pero no suena muy convencida.

Hija de un zapatero y una auxiliar de hospital, Luz creció en una población de escasos recursos de Santiago. Sus recuerdos de infancia guardan una que otra persecución, barricadas y tiroteos. Eso sí, ella nunca vio gente siendo golpeada injustamente, ni militares cometiendo atrocidades en las calles

Lo más terrible que le tocó ver, provenía del bando de los comunistas. Cerca de su casa había una parroquia y “ahí habían tipos con armas, bebiendo, drogándose, todos muy violentos. En esas condiciones era obvio que llegaran los militares”

Como toda niña, Luz recuerda que esas escenas no la asustaban ni le parecían raras. Se lo contaba a sus padres como anécdota del día y nunca reparó en la expresión de temor que se dibujaba en sus caras. “Ellos nunca dijeron nada. Se limitaban a prohibirme jugar en esos lugares, pero no denunciaban, no acusaban, no hacían nada”.

Años después, Luz asegura no entender esta actitud. “Si todo era tan malo, si esto era una dictadura, ¿por qué no se atrevían a denunciar a los comunistas? ¿Acaso la DINA no era tan perfecta”.

Luz dice que sabe perfectamente de lo que habla, porque ella vivió rodeada de comunistas. Su vecina cercana era Carmen Gloria Quintana, la mujer que fue quemada viva por efectivos del Ejército en un horroroso episodio de la dictadura. Pero ese día parece no existir en su memoria.

“Ellos hacían lo que querían. Hubo muchas veces en las que ni Carabineros podía entrar y era ahí cuando llegaban los militares. Estos tipos incendiaban cosas, lanzaban molotovs, tiraban piedras, tenían la escoba siempre”, recuerda.

Ella, su familia y otras voces en la población se sentían una minoría. Vivían en un sector donde su opinión no importaba nada. “A mí familia la tenían fichada”, dice. “Y no sólo fuimos objeto de sus burlas, sino que también de sus agresiones”.

"SÓLO SOY EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA"

A Luz le encanta el orden y la estabilidad, condiciones que ella encontró en la figura del general Pinochet. Y desde joven lo supo. Quizás porque su padre la consentía demasiado y en algún momento sintió que pudo hacer lo que quiso. Quizás porque sentía una atracción fatal por el poder.

Entre los 10 y los 14 años, abandonó los zapatos de charol por las botas militares. La enloquecía la idea de ser parte del ejército e impregnarse de sus valores y su orden, sobre todo su orden. Se inscribió en el Servicio Pre- Militar y empezó a entrenarse.

Su sueño era jurar a la bandera vestida con uniforme militar. Y así lo hizo. “Fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida”.

Sin embargo, el juramento pasó a segundo plano después de encontrarse cara a cara con su ídolo. En el hospital donde trabajaba su madre, le rendían un homenaje a don Augusto y la pequeña Luz, de entonces 13 años, insistió en que la llevaran.

Con su máquina fotográfica esperaba ansiosa la llegada del general. Dice que le temblaban las manos y veía borroso. No podía estar más emocionada y entonces él apareció. Con su impecable uniforme azul, sonriendo, mirándolo todo. Ella sintió que se iba a desmayar.

Pero se contuvo y se acercó para sacarle una foto. Perdida entre los escoltas logró tener una ubicación privilegiada y empezó a disparar. Nerviosa, muy nerviosa. Fue entonces cuando él le habló. “Si quiere tener una foto mía, saque el dedo del flash”, le dijo y el mundo le dio vueltas.

No podía creer que ese hombre tan poderoso, tan temido y respetado le estuviera dirigiendo la palabra. “Tranquila, sólo soy el presidente de la República” y desde ese entonces ella le juró amor eterno.

PEGADOS AL PASADO

Lo lógico habría sido que ella también se incorporara al cuerpo militar, pero no lo hizo. Luz dice que no sabe por qué. Todavía hay veces en las que se arrepiente no haber continuado con lo que empezó, pero “ya no lo hice y no saco nada con darle más vueltas”

Eso sí nunca se alejó por completo de esa vida que tanto le apasiona. Tomó cursos de paracaidismo, combate cuerpo a cuerpo y siguió escuchando marchas militares, leyendo la biografía de Franco y para ser consecuente sus dos parejas también fueron militares.

Porque lo suyo no va por el tema ideológico. En su fanatismo no hay un trasfondo político. A Luz la seduce el orden, la rigurosidad y la estabilidad que sólo le puede ofrecer un militar.

“Yo doy gracias haber nacido en ese tiempo. Creo que en ese momento el país era un paraíso del orden, del respeto y la lealtad. Mi general nos sacó del caos, puso las cosas en orden y luego nos impulsó hacia el éxito”.

Y de detenidos desaparecidos, torturas, abusos y violaciones a los derechos humanos, Luz no sabe nada. Se cara evidencia desconcierto y dice que “los militares sólo hacían su trabajo cuando estos tipos los provocaban”.

Luz dice que la gente que arrestaron no andaba en la calle comprando remedios para el hijo enfermo, ni tampoco estaban rezando en la iglesia. “Los detuvieron por algo, porque estaban haciendo cosas que atentaban contra el orden y la seguridad del país”.

Le da rabia que exalten tanto la memoria de esos muertos. Cree que quienes gritan con “fotocopias de 30 pesos colgadas al cuello” son poco dignos. “Nosotros también tuvimos muertos, también lloramos, pero seguimos adelante y no andamos por la calle haciéndonos la víctima. Esa gente se quedó en el pasado”

Insiste en que ella sabe de lo que habla. “Crecí rodeada de esa clase de personas”. De los comunistas la única que siempre le ha merecido todo su respeto es Gladys Marín. Y es que si bien cada vez que se encontraban se iban a los puñetazos, Luz dice que era una mujer consecuente y muy firme.

“A ella también la tildaron de loca y mira qué tan grande fue su obra”. Cuando Marín murió, Luz envió una carta de pésame y una corona a los deudos. De alguna forma, esa muerte la afectó. Su eterna compañera de la trinchera contraria ya no estaba.

FANÁTICA ENAJENADA

Luz fue a visitar al general para su cumpleaños número 91. Ni las cuentas del Riggs, ni los procesos por violaciones a los derechos humanos la alejaron de él. “Él es inocente hasta que no se pruebe lo contrario”. Luz es una mujer de mollera dura.

Ese día lo vio bien dentro de todo. Nunca se imaginó lo que vendría después. La noticia del infarto la volvió loca. Nuevamente dejó todo botado y se fue a hacer guardia al Hospital Militar. Allá se encontró con sus amigas, las mismas que lo siguieron a Londres, las mismas que llevan más de 30 años enceguecidas.

Pero no sólo ellas estaban ahí. La prensa comenzó a apostarse en las afueras del recinto a la espera del gran suceso y eso molestó a Luz y sus amigos. “Querían reírse de nosotros, esa gente que estaba ahí porque sentía un cariño sincero por el general y yo no iba a permitir eso”
No lo hizo. Luz y compañía golpearon a cuanto periodista usara la palabra “dictador”. El ex comandante en jefe del Ejército, Juan Emilio Cheyre, que se hizo conocido por reconocer el informe Valech y decir enfáticamente “nunca más”, también fue objeto de sus puños.

“Por traidor”, dijo Luz y no dio más explicaciones. A ella le basta con lo que cree y no busca aprobación en sus acciones.

Esa semana, Luz apareció en los titulares de la prensa nacional y extranjera como “enajenada fanática de Augusto Pinochet”, “acérrima seguidora del ex dictador” y , en los medios más irreverentes como “ la loca de los combos”, pero a ella no le importó.

“No tienen idea de lo que dicen, no me conocen y no quieren hacerlo tampoco. Sólo les importa mostrarme como una loca”, dice. Y cuando el general murió, su llanto desconsolado recorrió el mundo. Luz se convirtió en el rostro del pinochetismo acérrimo.

El resto es historia conocida. A raíz del incidente en el edificio, Luz se fue detenida y se perdió el funeral. Ahora debe firmar todas las semanas en el Ministerio Público y se las ingenia para pagar los 15 millones que le cobra la empresa afectada.

A ratos vuelve a llorar. Dice que todavía no se acostumbra a saber que el general ya no está cerca de ella y el miedo la invade. Algo le falta, algo la perturba. Desde el 10 diciembre ya nada es lo mismo. Volvió a sentirse insegura.

Y ahora, sola, sin su general, debe enfrentar un juicio en el que su marido pretende quitarle a sus hijos, una demanda y una vida sin norte. “Pero habrá que salir adelante”, dice con un dejo de tristeza. A Luz no le viene un futuro fácil y ella lo sabe.

“Pero yo confío en que todo saldrá bien. No soy una mala persona, no soy loca ni violenta. Si me conocen, si se dan el tiempo, verán que mi único error ha sido ser sincera y consecuente”. Al menos eso cree ella.

12.24.2006

Las hijas bastardas de PESIVO


¿Y qué coño es esto? Averíguelo usted mismo.

10.04.2006

Seis Días sin la Poncia

Por Patricia Villarroel

Fernanda es bajita, tiene el pelo castaño y largo. Está en primer año de Auditoría en la Escuela de Comercio de la PUCV, y como toda chica de 18 años divide su tiempo entre los estudios y el carrete.
Le dicen “Poncia” y con sus amigas se trata de “keso”. Le gusta chatear hasta tarde y mantener actualizado su Fotolog, donde sube las fotos de sus amigos y sus salidas. Le encanta Amy Lee, vocalista del grupo “Evanescence”, tiene una hermana, adora a su mamá, la Nany, y se quiere ir de paseo a Concepción en noviembre.

El miércoles 20, la Poncia dejó cargando su celular, agarró su bolso y se fue como todos los días, caminando hasta la universidad. Después de la dos de la tarde, nadie, ni sus amigos ni su familia, la volvieron a ver.
En un comienzo no se preocuparon. Que un universitario se demore más de la cuenta en regresar a casa es algo bastante normal, sin embargo, la preocupación comenzó cuando cayó la noche y la Poncia no llegó a dormir.

Sus padres llamaron a sus amigos y conocidos, pero nadie sabía de ella. La desesperación los hacía pensar lo peor, así que rápidamente pusieron una denuncia por presunta desgracia y comenzaron a buscarla, en una operación multitudinaria que se organizó de forma espontánea.

Sus amigos de universidad colocaron afiches en cuanto lugar se les ocurría, recorriendo desde Playa Ancha a Quilpué. El rostro sonriente de la Poncia podía encontrarse en almacenes, micros, pubs, paraderos y hasta baños públicos.

Su propio Fotolog, sitio web que permite compartir fotografías con otros cibernautas, dejó de ser tribuna de carretes, para convertirse en un portal de ayuda. La misma foto que usaron en los carteles, esa en la que la Poncia se veía tan feliz, circulaba por la red, describiendo su ropa y dando números de teléfono y correos electrónicos para que dieran pistas sobre su paradero.

Con el paso de los días, la desesperación crecía y aumentaban los carteles, así como también el número de navegantes que por curiosidad o casualidad llegaban hasta el fotolog de la Poncia para dejar su mensaje. “Aparece pronto”, “Recuerda que Dios está contigo y te dará fuerzas”, escribían desconocidos de Valparaíso, Santiago y hasta de Argentina, solidarizando con todos quienes desesperadamente buscaban a Poncia.

Pero no todos escribían en buena onda. Más de alguno se las dio de investigador privado, e instó a los demás a re-leer lo que la Poncia había escrito en su propio fotolog. Y es que en la última foto que subió antes de su desaparición, Fernanda escribió “me toy metiendo en un forro ma’ o meno! Y lo sé! pero soy TERKA! Weno espero no caer tan profundo pa’ poder salir a flote después!.. espero q las consecuencias no sean tan malas después y no me valla a arrepentir...”, palabras que para muchos tenían relación directa con la extraña desaparición de la joven.

La operación “buscando a Poncia” comenzó a ser tan grande que no tuvo que pasar mucho tiempo que la prensa pusiera sus ojos en el caso. En los diarios se hablaba de secuestro y de una fuga, nada se descartaba. En la televisión aparecía la mamá de la Poncia llorando detrás de unos anteojos oscuros, rogándole que volviera, que nada podía ser tan terrible. Sus amigos seguían escribiéndole en el fotolog, pidiéndole lo mismo, como si fuera posible hablar con ella a través de este medio.

Su mejor amiga , la Carol, le escribía “Mi hermana, mi amiga, mi keso, mi todas las weás...esta weá no existe...su mamá está deseperada....yo también”. La chica hacía todo lo posible para encontrarla. Para ella cualquier cosa servía. No concebía quedarse de brazos cruzados esperando. Organizaba grupos de búsqueda, entregaba fotos en la calle, daba su propio celular, por si alguien sabía algo, y seguía pegando algunos de los tres mil afiches que se mandaron hacer con la imagen de la Poncia . Durante esos días, la Carol estuvo mal, realmente mal. No dormía ni comía. “Si mi amiga no come ni duerme yo tampoco puedo”, escribió en uno de esos pocos instantes en los que estuvo en su casa.

Y es que cuando no estaba moviendo cielo, mar y tierra para encontrar a su amiga en la calle, Carol iba a la casa de Fernanda para acompañar a sus padres cuando el teléfono sonaba y alguna “pista” los obligaba a salir. Pero nada, éstas siempre resultaban falsas y todos volvían acongojados y desesperanzados.

El lunes 25, después de seis días sin señales de ella, la Poncia apareció de la nada deambulando por las calles del centro de Valparaíso. No hablaba, estaba en estado de shock y desorientada. Según uno de sus amigos estaba dopada, pero a pesar de esto, iba en dirección a su casa, la que queda cerca de su universidad. La llevaron a la posta del Hospital Van Buren para que la revisaran y después de eso volvió a desaparecer, pero ahora junto a su familia, la que ha evitado que la Fernanda sea molestada. Su padre contó que estuvo encerrada en un lugar oscuro, que su hija no podía saber dónde era, y que había logrado escaparse por una ventana.

“Cualquier cosa que digan es mentira. La Feña no está embarazada ni na´ como andan diciendo por ahí”, me cuenta una voz al otro lado del celular. Es la Carol que me aclara que su amiga está muy bien y que su familia no quiere hablar con nadie.
Le pregunto si puedo hablar con ella, hacerle unas cuantas preguntas, pero me dice que no, “hablé con los tíos y me dijeron que no dijera nada. Ellos no quieren que hablemos con nadie. Cuelgo el auricular y pienso que quizás sea mejor así.

A tres días de su regreso, revisé su fotolog y hay una foto nueva, pero ya no es ella junto a números de teléfonos ni llamados de ayuda. Es la Poncia de siempre, sonriendo junto a cuatro amigas, dando las gracias a todas aquellas personas que ayudaron en su búsqueda, a Dios por haberse compadecido de ella y especialmente a la Carol, a quien la define como el ángel que la cuidó mientras ella no estuvo.

Los seis días sin la Poncia se terminaron. Ella misma sabe que lo que se viene no es fácil, pero espera que pase todo luego e irse el próximo año a Tahití con su familia y su “manita” Carol.