Adicto al Porno 3 ( el gran final)
Cine, semen y vergüenza a luca
Lejos del alma humana, están esos instintos que desnudan la bruta animalidad de nuestro ser. Masturbación. Adicción al porno. Las más retorcidas fantasías, en un reportaje de Daniela Pávez y Luc Gajardo
Para seguir con nuestro reportaje, encontramos pertinente ir a ver películas porno al cine. Al cine porno. Así llegamos al Condell, el más famoso antro calentón de la ciudad puerto. Lamentablemente nos fue mal y no pudimos entrar porque nos faltaba plata y el tipo que vendía los boletos no nos quiso dejar entrar gratis como gente de prensa. Ni siquiera rebajarnos las entradas. Así que partimos al edificio de El Mercurio, con la fija idea de ir a pedir financiamiento a nuestros colegas para este trabajo periodístico. Pero no alcanzamos a llegar. En el camino encontramos una sorpresa aún mejor. En la misma calle Condell, se anunciaba el Cine Central, también porno, con entradas a un precio accesible para estos comprometidos reporteros.
Al bajar la escalera cubierta con una vieja y gastada alfombra roja, nos encontramos con un pequeño cine atendido por una pareja de ancianos que perfectamente podrían haber sido nuestros abuelos. Todavía incrédulos de que pagaríamos por ver una película porno, pasamos dos lucas y la amable señora nos dice que sigamos al canoso y arrugado abuelito.
Sin saber a qué entraríamos, caminamos tras el hombre no sin antes detenernos frente a los atractivos y voluptuosos cuerpos que se exhibían en los afiches de la entrada. Ya no había vuelta atrás. Ese pequeño papel amarillo decía que habíamos pagado y ahora tendríamos que asumir las consecuencias...
El lugar estaba oscurísimo. Lo único que se distinguía era una débil luz que disparaba el viejito con su linterna. Y al fondo, un poto inmenso. El culo de una negra en primer plano y en pantalla gigante. Lo más nerviosos nos sentamos apenas el viejecito acomodador se detuvo a preguntarnos si por ahí estaba bien. Lo debe haber sorprendido ver una pareja de jóvenes. Pero no dijo nada. Seguro ya lo ha visto todo.
Una vez que nos acomodamos en esas pegajosas butacas, la única alternativa era observar atentamente la pantalla. Y de seguro que su oferta no andaba nada mal, ya que una voluptuosa mujer negra se paseaba frente a las cámaras, contorneando su desnuda y generosa anatomía (Sí, estoy hablando de un par de tetas de dos kilos y un culo imposible de agarrar a dos manos). Dejando de lado el nerviosismo, nos decidimos observar los actos de la mujer y de paso echar una mirada al resto de la sala y ver qué era lo que sucedía dentro de un cine porno.
La espectacularmente siliconada ebony girl entra a un departamento, donde dos tipos la esperan echados en unas sillas de playa. El camarógrafo – que hacía la voz en off como el Pato Frez- anticipaba que la mina se los iba a tirar a los dos. Primero eso sí, la invita a jugar con unos juguetes que están en la cama. Ella se recuesta como una tigresa en el catre, y empieza a meterse un consolador morado por el chico. Luego, sigue con una especie de adorno de navidad transparente. Como una copa extraña. Para lubricarlo, lo chupaba un rato y después se lo volvía a introducir. Acto que a mi compañera le pareció más que asqueroso. Fue ahí cuando empezó el festival de flatos por parte del público. Un tipo se tiraba unos chanchos gigantescos. Igual era recién pasada la hora de almuerzo. Considerando que este lugar es un refugio de trabajadores que vienen después de colación, la flatulencia era comprensible. Y bueno, los modales eran sencillamente coherentes con el perfil de un tipo que va al cine porno después de almuerzo. En ese momento, había cerca de 10 personas aparte de nosotros. Todos sentados en asientos bien separados. De a uno. Exceptuando a la pareja de voyeristas que estaba ahí para delatarlos a través de estas palabras.
Lo que siguió al jugueteo con los consoladores fue casi predecible: chupeteo de enormes miembros erectos, lengüetazos en las nalgas y senos, frases obscenas y una penetración en variadas posiciones, pero con gran énfasis en el culo de Anaya. Y si bien la desenfrenada escena de sexo nos tuvo atraídos por largos minutos, pronto la vocación pudo más que el morbo y comenzamos a mirar – y escuchar - más atentamente a nuestro alrededor. Muchos de esos hombres fumaban y otros emitían una extraña clase de gemidos. Quizás una mente menos pervertida habría pensado que ese sonido provenía de algún mal resfrío o bien de una flema carraspeada, pero como el ambiente nos había contagiado, inmediatamente asumimos que algún afortunado espectador había conseguido por fin una brutal y relajante descarga de semen que de seguro haría valer la pena la luca gastada en aquel menospreciado vicio sexual.
Fetish Therapy
Luego de una perturbadora doble penetración que hizo gritar como un animal a Anaya, vino el gran finale. Sí, como todos saben: el cum-shot o champañazo, es la escena final de toda película pornográfica que se precie de ser bien cochina. Pues bien, mi inexperta compañera no lo sabía. Luego de la eyaculación de los dos tipos encima de la mujer, la película terminó y las luces se prendieron y el silencio fue sepulcral. El sentimiento de vergüenza se percibía casi tan fuerte como el olor a hombre que lo inundaba todo.
Un tipo salió al baño, o al bar del lobby, rapidísimo, pegado a la pared y sin mirar a nadie.
Unos minutos más tarde, y gracias a las pifias de los más urgidos por su dosis de celuloide calentón, llegó el viejito con el control remoto a poner la siguiente cinta. El siguiente dvd, para ser precisos. Las películas las proyectan con un data, para decepción de los románticos. Las luces se apagan. Entra más gente, harta gente más, y empieza la segunda pieza: Fetish Therapy.
La película comienza con una lánguida y pálida mujer que pasea por una playa desierta. El audio del Cine Central era malo, realmente malo, por lo que todo lo que se relata a continuación es fruto de la inexperta chiquilla que, motivada en ser una buena periodista, accedió a prestarse para realizar semejante reportaje.
Recostada en un sillón tipo Luis XV está una sensual morena, de grandes labios rojos y piel blanca como la nieve. Viste sólo de hilos negros que pretenden ser lencería, pero al fin y al cabo son sólo hilos de latex que recorren su pálido cuerpo. La mujer se autocomplace mientras la pantalla va mostrando las fantasías que invaden su excitado cuerpo. Hombres enmascarados, nalgadas con botellas de champagne, lencería que sólo revela el sexo y tocaciones entre mujeres. Y cuando ella está a punto de conseguir un gran y profundo orgasmo, en la habitación irrumpe su marido y la increpa. Le pregunta qué hace y le reprocha su actitud, mas luego de analizar detenidamente la expresión de calentura de su mujer, decide aceptar la oferta y deja que ella le baje lentamente el cierre de su pantalón para que luego su boca ardiente le coma el miembro como nunca nadie lo había hecho antes.
El tipo de adelante seguía tirándose flatos que hacían temblar la sala. A nadie parecía importarle. A nosotros sí, porque esta película, a diferencia de la anterior- era española- tenía trama y queríamos seguirla. Pero no había caso, el sonido apestaba. Tuvimos que intentar armar la historia de los acontecimientos que transcurrían en pantalla por medio de las imágenes y la música.
Pasaron algunos planos de paisajes. Mar, castillos y verdes prados. Luego, un joven de cola de caballo y extraña barba, tomaba whisky y fumaba un puro, mientras dos chicas se la chupaban. Eso dio el inicio a un intenso trío, que sin embargo, según mi compañera había dejado un tanto de lado a la chica rubia. Y sí, en realidad la rubia estuvo todo el tiempo sola masturbándose al lado. Concluimos que era porque el tipo de cola de caballo no la amaba realmente y que ella era la víctima del triangulo amoroso. Siempre hay uno que sale perdiendo.
La película era realmente profunda y nos había cautivado. No era follar por follar, ya que la paliducha mujer del comienzo estaba ahí para “sanarse” de sus vicios fetiches gracias a la influencia de un apuesto doctor ( mi colega dice que el título se lo otorgué por mera fantasía sexual). Pero cuando por fin le habíamos tomado el gusto al cine porno, los flatos, los viejos verdes y la oscuridad del momento, el deber académico pudo más que el placer corpóreo y decidimos abandonar la experiencia, no sin antes retomar los pudores y discutir por largos minutos quién saldría primero y por dónde demonios lo haríamos (nunca vimos el cartel de “Salida”).
Reuniendo las pocas monedas que nos quedaban – fue un milagro haber podido regresar a la universidad- compramos un cigarro y fumamos. No podíamos dejar de reflexionar sobre tan poco comprendido oficio. Dudas hay por mil y, tal como hemos conversado, quizás nuestro próximo reportaje será cómo lograr una depilación perfecta en el área anal sin producir irritaciones ni manchas en la piel.
Al bajar la escalera cubierta con una vieja y gastada alfombra roja, nos encontramos con un pequeño cine atendido por una pareja de ancianos que perfectamente podrían haber sido nuestros abuelos. Todavía incrédulos de que pagaríamos por ver una película porno, pasamos dos lucas y la amable señora nos dice que sigamos al canoso y arrugado abuelito.
Sin saber a qué entraríamos, caminamos tras el hombre no sin antes detenernos frente a los atractivos y voluptuosos cuerpos que se exhibían en los afiches de la entrada. Ya no había vuelta atrás. Ese pequeño papel amarillo decía que habíamos pagado y ahora tendríamos que asumir las consecuencias...
El lugar estaba oscurísimo. Lo único que se distinguía era una débil luz que disparaba el viejito con su linterna. Y al fondo, un poto inmenso. El culo de una negra en primer plano y en pantalla gigante. Lo más nerviosos nos sentamos apenas el viejecito acomodador se detuvo a preguntarnos si por ahí estaba bien. Lo debe haber sorprendido ver una pareja de jóvenes. Pero no dijo nada. Seguro ya lo ha visto todo.
Una vez que nos acomodamos en esas pegajosas butacas, la única alternativa era observar atentamente la pantalla. Y de seguro que su oferta no andaba nada mal, ya que una voluptuosa mujer negra se paseaba frente a las cámaras, contorneando su desnuda y generosa anatomía (Sí, estoy hablando de un par de tetas de dos kilos y un culo imposible de agarrar a dos manos). Dejando de lado el nerviosismo, nos decidimos observar los actos de la mujer y de paso echar una mirada al resto de la sala y ver qué era lo que sucedía dentro de un cine porno.
La espectacularmente siliconada ebony girl entra a un departamento, donde dos tipos la esperan echados en unas sillas de playa. El camarógrafo – que hacía la voz en off como el Pato Frez- anticipaba que la mina se los iba a tirar a los dos. Primero eso sí, la invita a jugar con unos juguetes que están en la cama. Ella se recuesta como una tigresa en el catre, y empieza a meterse un consolador morado por el chico. Luego, sigue con una especie de adorno de navidad transparente. Como una copa extraña. Para lubricarlo, lo chupaba un rato y después se lo volvía a introducir. Acto que a mi compañera le pareció más que asqueroso. Fue ahí cuando empezó el festival de flatos por parte del público. Un tipo se tiraba unos chanchos gigantescos. Igual era recién pasada la hora de almuerzo. Considerando que este lugar es un refugio de trabajadores que vienen después de colación, la flatulencia era comprensible. Y bueno, los modales eran sencillamente coherentes con el perfil de un tipo que va al cine porno después de almuerzo. En ese momento, había cerca de 10 personas aparte de nosotros. Todos sentados en asientos bien separados. De a uno. Exceptuando a la pareja de voyeristas que estaba ahí para delatarlos a través de estas palabras.
Lo que siguió al jugueteo con los consoladores fue casi predecible: chupeteo de enormes miembros erectos, lengüetazos en las nalgas y senos, frases obscenas y una penetración en variadas posiciones, pero con gran énfasis en el culo de Anaya. Y si bien la desenfrenada escena de sexo nos tuvo atraídos por largos minutos, pronto la vocación pudo más que el morbo y comenzamos a mirar – y escuchar - más atentamente a nuestro alrededor. Muchos de esos hombres fumaban y otros emitían una extraña clase de gemidos. Quizás una mente menos pervertida habría pensado que ese sonido provenía de algún mal resfrío o bien de una flema carraspeada, pero como el ambiente nos había contagiado, inmediatamente asumimos que algún afortunado espectador había conseguido por fin una brutal y relajante descarga de semen que de seguro haría valer la pena la luca gastada en aquel menospreciado vicio sexual.
Fetish Therapy
Luego de una perturbadora doble penetración que hizo gritar como un animal a Anaya, vino el gran finale. Sí, como todos saben: el cum-shot o champañazo, es la escena final de toda película pornográfica que se precie de ser bien cochina. Pues bien, mi inexperta compañera no lo sabía. Luego de la eyaculación de los dos tipos encima de la mujer, la película terminó y las luces se prendieron y el silencio fue sepulcral. El sentimiento de vergüenza se percibía casi tan fuerte como el olor a hombre que lo inundaba todo.
Un tipo salió al baño, o al bar del lobby, rapidísimo, pegado a la pared y sin mirar a nadie.
Unos minutos más tarde, y gracias a las pifias de los más urgidos por su dosis de celuloide calentón, llegó el viejito con el control remoto a poner la siguiente cinta. El siguiente dvd, para ser precisos. Las películas las proyectan con un data, para decepción de los románticos. Las luces se apagan. Entra más gente, harta gente más, y empieza la segunda pieza: Fetish Therapy.
La película comienza con una lánguida y pálida mujer que pasea por una playa desierta. El audio del Cine Central era malo, realmente malo, por lo que todo lo que se relata a continuación es fruto de la inexperta chiquilla que, motivada en ser una buena periodista, accedió a prestarse para realizar semejante reportaje.
Recostada en un sillón tipo Luis XV está una sensual morena, de grandes labios rojos y piel blanca como la nieve. Viste sólo de hilos negros que pretenden ser lencería, pero al fin y al cabo son sólo hilos de latex que recorren su pálido cuerpo. La mujer se autocomplace mientras la pantalla va mostrando las fantasías que invaden su excitado cuerpo. Hombres enmascarados, nalgadas con botellas de champagne, lencería que sólo revela el sexo y tocaciones entre mujeres. Y cuando ella está a punto de conseguir un gran y profundo orgasmo, en la habitación irrumpe su marido y la increpa. Le pregunta qué hace y le reprocha su actitud, mas luego de analizar detenidamente la expresión de calentura de su mujer, decide aceptar la oferta y deja que ella le baje lentamente el cierre de su pantalón para que luego su boca ardiente le coma el miembro como nunca nadie lo había hecho antes.
El tipo de adelante seguía tirándose flatos que hacían temblar la sala. A nadie parecía importarle. A nosotros sí, porque esta película, a diferencia de la anterior- era española- tenía trama y queríamos seguirla. Pero no había caso, el sonido apestaba. Tuvimos que intentar armar la historia de los acontecimientos que transcurrían en pantalla por medio de las imágenes y la música.
Pasaron algunos planos de paisajes. Mar, castillos y verdes prados. Luego, un joven de cola de caballo y extraña barba, tomaba whisky y fumaba un puro, mientras dos chicas se la chupaban. Eso dio el inicio a un intenso trío, que sin embargo, según mi compañera había dejado un tanto de lado a la chica rubia. Y sí, en realidad la rubia estuvo todo el tiempo sola masturbándose al lado. Concluimos que era porque el tipo de cola de caballo no la amaba realmente y que ella era la víctima del triangulo amoroso. Siempre hay uno que sale perdiendo.
La película era realmente profunda y nos había cautivado. No era follar por follar, ya que la paliducha mujer del comienzo estaba ahí para “sanarse” de sus vicios fetiches gracias a la influencia de un apuesto doctor ( mi colega dice que el título se lo otorgué por mera fantasía sexual). Pero cuando por fin le habíamos tomado el gusto al cine porno, los flatos, los viejos verdes y la oscuridad del momento, el deber académico pudo más que el placer corpóreo y decidimos abandonar la experiencia, no sin antes retomar los pudores y discutir por largos minutos quién saldría primero y por dónde demonios lo haríamos (nunca vimos el cartel de “Salida”).
Reuniendo las pocas monedas que nos quedaban – fue un milagro haber podido regresar a la universidad- compramos un cigarro y fumamos. No podíamos dejar de reflexionar sobre tan poco comprendido oficio. Dudas hay por mil y, tal como hemos conversado, quizás nuestro próximo reportaje será cómo lograr una depilación perfecta en el área anal sin producir irritaciones ni manchas en la piel.
Notable, sencillamente Notable!!!
ijiiiiiiiiiiii1
salu2
Posted by
El Perro Siegel |
7:32 PM
Me emociono al leer esto.
Está la raja? por qué la española no lo publicó?
Posted by
Anónimo |
7:49 PM
Wena investigación.
Esperamos más aportes.
Saludos
Posted by
Pipiolex |
1:50 PM
Buena dupla. podrían haver dicho que les paso como "duo" adentro, eso era una buena noticia
Posted by
Blue Jeans |
3:42 PM
NOTABLE!!!!!!
Yo me quedé con ganas de haber ido al porno 5 estrellas que hay en stgo... pero antes de poder, sanidad lo clausuró. Damn it.
Como es eso de PESIVO??? Me quedó gustando lo que hace....
Posted by
Jelena |
9:13 PM
hahahahaha
es que me cagué de la risa!
buen material el de ahora!
:)
Posted by
iMhirion! |
8:30 AM
en fin...muy shistoso!
pero un crítica...la que escribe en segundo lugar es sensacionalista al maximo!
ese no es el periodismo que se quiere!
xD
Posted by
iMhirion! |
10:58 AM