12.31.2005

El infierno y el paraíso pueden tener ruedas

Viaje Colectivo

6:40 am. Poco a poco la cuidad comienza a despertar y las calles se van llenado de historias. Cubiertos con gruesas parcas, gorros de lana y bufandas, los transeúntes de la mañana comienzan a invadir los paraderos. Están casados y medio dormidos. De no ser por el intenso frío, de seguro que sus ojos se cerrarían y sus cuerpos rendidos a Morfeo se dejarían caer en el primer espacio confortable que los acogiera.
El sueño amenaza así como la terrible certeza de que ésta será una larga jornada. Una más en esta interminable historia de ires y venires.
La espera se hace eterna pese a que ésta no dura más de 15 minutos. Los más viejos aguardan con la mirada perdida en algún sueño inalcanzable, mientras que los más jóvenes lo hacen concentrados en algún cuaderno lleno de dudas, expectativas y temores.
7:10 am. El ambiente apesta. La pequeña micro lleva alrededor de 50 pasajeros y cada una de las ventanas cerradas. El chofer está de mal humor, lo delatan sus movimientos bruscos y la colérica mirada que le dedica a cada uno de los desafortunados escolares y universitarios que suben. En los tacos el hombre suda, se mueve incómodo y pierde la mirada en algún sitio lejano. Quizás, el chofer sueña con ser futbolista, cantante o tan sólo un hombre feliz que no tuviera que lidiar día a día con cientos de desconocidos que no son capaces de entender su atormentado corazón.
El aire está denso y caliente. Huele a cuerpo, a suciedad, a cigarro, a perfumes y desodorantes. Huele a aliento con menta y aliento baboso. Huele a frustración, alegrías, temores y esperanzas. Huele a rutina y monotonía.
Algunos de los pasajeros sentados han cerrado los ojos, mientras que otros se conforman con mirar por la ventana, concientes de que difícilmente podrán ver algo nuevo.
El escenario se vuelve más duro para aquellos que van de pie. Los cuerpos pegados por obligación, rozándose, tocándose, violando la intimidad del sujeto. La respiración del prójimo sobre el rostro y ese desagradable olor a tufo ajeno que se filtra por la nariz.
El viaje se convierte en una pesadilla y en los rostros cansados la desesperación se hace evidente. “Quiero bajar, quiero bajar” resuena en las mentes de los pasajeros. “Quiero ir a casa, quiero ir casa”, piensa el chofer.
7:45 am. La micro poco a poco comienza a vaciarse y los que antes padecieron el infortunio de viajar de pie, ahora descienden tranquilos y son los primeros en volver a disfrutar del delicioso aire fresco.
Los pasajeros están bajando y quizás nunca más vuelvan a encontrarse. Al momento en que cada uno descienda de la micro, sus vidas volverán a ser una historia independiente. Un universo distinto que, sin embargo, alguna vez vibró en la misma sintonía.


Viaje personal
Cuando Romy enciende el motor no hay quien lo detenga. Su tímida personalidad se transforma y a medida que el velocímetro avanza se va convirtiendo en un osado piloto aficionado que confunde las calles y carreteras de la ciudad con las pistas de la Fórmula1.
Dice que no saber cuándo fue que comenzó a amar los viajes a gran velocidad, pero sí tiene claro que hoy en día es su único placer . Y es que Romy, agrónomo de 28 años, no fuma, no bebe ni tampoco come en exceso. Se duerme temprano y no sale de fiesta los fines de semana ni tampoco tiene un romance.
“Hace un buen tiempo que descubrí que lo único que necesitaba para ser feliz era manejar rápido un buen par de horas”, confiesa algo avergonzado. “Nadie se puede imaginar lo que siento cuando mi pie se descarga furioso contra el acelerador y pronto todo comienza a ser tan fugaz que ya nada importa”.
A simple vista Romy no parece ser del tipo de sujetos que maneja como enajenado en la vía pública ni en los caminos solitarios. Tampoco nadie diría que a su corta edad ya ha estado cinco veces cerca de la muerte, producto de accidentes por exceso de velocidad. Pero una vez que decide abrir sus delgados labios, éstos comienzan a moverse y revelar un bizarro universo donde lo que impera es el viaje, la velocidad y las ganas de escapar.
Romy cuenta que tiene una parcela en La Cruz por lo que semanalmente debe viajar hasta esa ciudad. En esas oportunidades arma su auto con un termo de café, el cd de Meter Gabriel y la cruz de oro que le regaló su madre el día de su confirmación, ya que está seguro de que es ésta la que le ha salvado la vida en esos accidentes que ha sobrevivido y que prefiere olvidar.
“La verdad de las cosas esos son momentos que por mí echaría a la papelera de reciclaje”, dice con una sonrisa amarga, “porque son instantes en los que no sólo yo he resultado herido, sino que también mis padres , hermanos y amigos, ya que en el fondo, ellos sufren mucho más que yo”.
Sin embargo, ni los accidentes ni las costosas multas por exceso de velocidad alejan a Romy de su pasión. Sin ir más lejos, el joven cuenta que ayer viajó hasta La Cruz y que gozó con el hecho de tener el control de su vida en ese artefacto tan vulnerable como el auto. Y es que para Romy el único momento en el que se siente capaz de tomar decisiones y de tomar el control de su propio destino es cuando el auto comienza a andar.
“Para mí el viaje representa mi propia vida”, dice con algo de tristeza. “Yo soy de esas personas que siempre han sido miradas en menos o simplemente rechazadas por mi timidez, es por eso que creo que en el único instante donde sólo importo yo es cuando me subo en mi auto y todo comienza a dejar de existir”.
A Romy cuenta que desde el momento en que comienza la travesía ya se siente más aliviado. A veces abre un poco las ventanas y deja que el viento acaricie bruscamente su pálido rostro. Ama la velocidad y las carreteras.
Dice que cuando siente tristeza, coge el vehículo y comienza a manejar sin rumbo alguno. Manejar por manejar a donde lo lleve el acelerador. “Hubo una vez en la que sin querer estaba en San Bernardo,” señala Romy, “ Manejé sin conciencia de la dirección y esa fue una experiencia memorable, porque no sólo terminé de raíz con mi pena sino que también estuve en una fiesta increíble”.
Romy no le teme a la muerte ni al peligro de la carretera. Tampoco se siente una amenaza para el resto de los conductores y cree firmemente en que si alguna vez falleciera en el camino se iría inmediatamente al cielo. “Siempre pienso q ue quizás mis viajes son una eterna búsqueda del camino al cielo”, agrega con una mirada misteriosa, mientras abandona la conversación.



Viaje Tormentoso
Catalina odia los vehículos motorizados con toda su alma desde que hace tres años se vio involucrada en un peligroso accidente, donde su mejor amiga perdió la vida. Desde ese entonces, tiene miedo de salir a la calle y está en tratamiento psiquiátrico. Es por ello que sólo accedió a abrirnos su boca con la única intención de que alguien más entendiera su terrible miedo a andar en “cosas con ruedas”.
La noche del 18 de septiembre del 2003, Catalina y su grupo de amigos regresaban de una ramada en Quebrada Alvarado. Estaban felices y reían por todo. “Jamás pensé que todo tendría un horrible final”, asegura con lágrimas en los ojos.
Eran seis los que viajaban en el auto: Eduardo, Leyla, la Chika, Tomás, Pancho y ella. Catalina recuerda que eran amigos desde la infancia, ya que todos ellos veraneaban en Maitencillo. “Teníamos miles de planes y aunque hayan pasado tres años yo todavía asumo que la Leylita está muerta”, dice con recogimiento.
Y es que en cierto modo, Catalina se siente responsable del fallecimiento de su amiga y de la invalidez de Pancho, el conductor del vehículo Toyota Teruel blanco en el que viajaban.
Todo comenzó alrededor de las 4pm. Pancho y Catalina pololeaban desde hacía cuatro años y ya tenían una relación consolidada que parecía proyectarse a futuro. Sin embargo, el amor es engañoso y traicionero. Nunca se sabe cuando el corazón dará un giro y de un momento a otro todo se acaba. Eso fue lo que le pasó a Catalina, quien ese fatídico día terminó su relación con Pancho durante el tradicional asado que reunía a ambas familias en la casa de él. “Hasta el último minuto pensé que el Pancho se había tomado super bien la noticia”, cuenta la joven, “porque o sea, yo le dije que igual teníamos que ser amigos y que lo único que cambiaría era que ya no habrían besos n abrazos. El resto sería igual”.
A eso de las 7pm, Pancho y Catalina fueron a buscar al resto del grupo. “La última en subir fue la Leylita”, dice con la voz temblorosa, “Ella no quería ir, porque estaba cansada y yo le insistí e insistí hasta que ella aceptó”. Recordar este hecho daña a Catalina. Sus blancas y delgadas manos retuercen una servilleta de papel, mientras intenta contener los sollozos que la azotan. Sufre y se desespera, atormentada por los recuerdos irreversibles y esa vida que ya jamás volverá.
En la ramada lo pasaron bien. Bailaron, comieron y bebieron una gran cantidad de alcohol. Catalina dice que no sabe por qué ese día bebió como condenada, ya que no era costumbre de ella hacerlo. Tampoco dice recordar si alguna vez llamó la atención a Pancho por beber. “ O sea, yo jamás lo había visto tomar cuando manejaba, pero ese día lo hizo y mucho. Lo peor es que los Eduardo y Tomás estaban peor y ninguna de las niñas manejábamos”, señala.
En un momento, Catalina recuerda que se encontró con un amigo de universidad y fue con éste a bailar. Dice que en sus actos no hubo mala onda ni tampoco intenciones de coqueteo. Era sólo un baile, pero para Pancho esa fue la gota que rebalsó el vaso.
Pancho siguió bebiendo y con el paso de los minutos se volvía más agresivo y torpe. Catalina recuerda que de un momento a otro dijo que se iba y que el que no se subía inmediatamente al auto se podría joder en el mismo infierno. Tomás y Eduardo dijeron que no lo dejarían solos y las niñas, asustadas con la idea de quedarse botadas, accedieron.
Leyla tenía mucho miedo. Le pidió varias veces que no manejara rápido y que se fueran despacio y con tranquilidad. Incluso le propuso detenerse antes por un par de cafés para ayudar a que Pancho venciera la borrachera. Sin embargo, nadie la oyó.
Las carreteras estaban prácticamente vacías. Sólo en algunas ocasiones un auto pasaba junto a ellos. Es por ello, que Pancho comenzó a ir cada vez más rápido. Leyla iba sentada sobre las piernas de Tomás y temblaba. “Yo estaba sentada junto a ella y sentía cómo tiritaba su cuerpo”, recuerda, “La Leylita le tenía mucho miedo a la velocidad y estaba nerviosa, muy nerviosa. Yo siempre he creído que en el fondo ella presentía algo.
Todos iban en silencio y nade reía. El modo agresivo y descontrolado con el que manejaba Pancho los había asustado a todos.
Fue entonces cuando Catalina se hartó y le dijo que si no manejaba más lento detuviera el auto, porque ella y los demás se bajarían, ya que no estaban interesados en morir.
Pancho, la miró por el espejo retrovisor y le dijo “Aquí nadie se baja y menos tú”.
La fría madrugada congelaba los vidrios e impedía ver con claridad. Fue entonces cuando de la nada un grupo de caballos cruzaba la carretera. El exceso de velocidad y los malos reflejos hicieron que Pancho realizara una compleja maniobra de esquivo que no resultó y expulsó a Leyla del auto.
Catalina se golpeó la cabeza y cuando abrió los ojos no recordaba nada. Dice que poco a poco tuvo que reconstruir los hechos, eso sí sólo se enteró de la muerte de su mejor amiga el día 20.
Pancho está inválido y anda en silla de ruedas. Hace tres años que abandonó la universidad y de no ser por sus padres no tendrían noticias de él. Eduardo, Tomás y la Chica están cerca de egresar y para ellos el accidente no es más que otra piedra en el camino que había que sortear.
Catalina tiene miedo. En un comienzo su temor sólo se sentía cuando viajaba en auto, pero pronto comenzó a extenderse a cualquier cosa con ruedas. Dice que el corazón se le acelera a tal punto que siente mareos. Las manos le sudan frío y su boca se seca. El cuerpo le tiembla y las venas de la cabeza la palpitan peligrosamente. Los médicos le han dicho que son síntomas físicos de su fobia.
Experimenta lo mismo cuando sale a la calle, ya que tiene miedo de que un enajenado al volante le tire el auto encima o le de un ataque al corazón y ningún desconocido quiera ayudarla.
Actualmente, confiesa estar superándose. Dice que toma unos ansiolíticos que al menos a dejan dar unos breves paseos por la calle. Eso sí todavía no se sube a los autos e incluso su familia accedió a vivir en un céntrico sector de Viña donde no requiere de mucha movilización.
Y es que para Catalina “viaje” es y será sinónimo de muerte y peligro; olor a sangre, hospitales y un peso de conciencia que ni el más avezado psiquiatra logrará erradicar.

por Majandra

12.29.2005

Adicto al Porno 3 ( el gran final)

Cine, semen y vergüenza a luca

Lejos del alma humana, están esos instintos que desnudan la bruta animalidad de nuestro ser. Masturbación. Adicción al porno. Las más retorcidas fantasías, en un reportaje de Daniela Pávez y Luc Gajardo


Para seguir con nuestro reportaje, encontramos pertinente ir a ver películas porno al cine. Al cine porno. Así llegamos al Condell, el más famoso antro calentón de la ciudad puerto. Lamentablemente nos fue mal y no pudimos entrar porque nos faltaba plata y el tipo que vendía los boletos no nos quiso dejar entrar gratis como gente de prensa. Ni siquiera rebajarnos las entradas. Así que partimos al edificio de El Mercurio, con la fija idea de ir a pedir financiamiento a nuestros colegas para este trabajo periodístico. Pero no alcanzamos a llegar. En el camino encontramos una sorpresa aún mejor. En la misma calle Condell, se anunciaba el Cine Central, también porno, con entradas a un precio accesible para estos comprometidos reporteros.
Al bajar la escalera cubierta con una vieja y gastada alfombra roja, nos encontramos con un pequeño cine atendido por una pareja de ancianos que perfectamente podrían haber sido nuestros abuelos. Todavía incrédulos de que pagaríamos por ver una película porno, pasamos dos lucas y la amable señora nos dice que sigamos al canoso y arrugado abuelito.
Sin saber a qué entraríamos, caminamos tras el hombre no sin antes detenernos frente a los atractivos y voluptuosos cuerpos que se exhibían en los afiches de la entrada. Ya no había vuelta atrás. Ese pequeño papel amarillo decía que habíamos pagado y ahora tendríamos que asumir las consecuencias...
El lugar estaba oscurísimo. Lo único que se distinguía era una débil luz que disparaba el viejito con su linterna. Y al fondo, un poto inmenso. El culo de una negra en primer plano y en pantalla gigante. Lo más nerviosos nos sentamos apenas el viejecito acomodador se detuvo a preguntarnos si por ahí estaba bien. Lo debe haber sorprendido ver una pareja de jóvenes. Pero no dijo nada. Seguro ya lo ha visto todo.
Una vez que nos acomodamos en esas pegajosas butacas, la única alternativa era observar atentamente la pantalla. Y de seguro que su oferta no andaba nada mal, ya que una voluptuosa mujer negra se paseaba frente a las cámaras, contorneando su desnuda y generosa anatomía (Sí, estoy hablando de un par de tetas de dos kilos y un culo imposible de agarrar a dos manos). Dejando de lado el nerviosismo, nos decidimos observar los actos de la mujer y de paso echar una mirada al resto de la sala y ver qué era lo que sucedía dentro de un cine porno.
La espectacularmente siliconada ebony girl entra a un departamento, donde dos tipos la esperan echados en unas sillas de playa. El camarógrafo – que hacía la voz en off como el Pato Frez- anticipaba que la mina se los iba a tirar a los dos. Primero eso sí, la invita a jugar con unos juguetes que están en la cama. Ella se recuesta como una tigresa en el catre, y empieza a meterse un consolador morado por el chico. Luego, sigue con una especie de adorno de navidad transparente. Como una copa extraña. Para lubricarlo, lo chupaba un rato y después se lo volvía a introducir. Acto que a mi compañera le pareció más que asqueroso. Fue ahí cuando empezó el festival de flatos por parte del público. Un tipo se tiraba unos chanchos gigantescos. Igual era recién pasada la hora de almuerzo. Considerando que este lugar es un refugio de trabajadores que vienen después de colación, la flatulencia era comprensible. Y bueno, los modales eran sencillamente coherentes con el perfil de un tipo que va al cine porno después de almuerzo. En ese momento, había cerca de 10 personas aparte de nosotros. Todos sentados en asientos bien separados. De a uno. Exceptuando a la pareja de voyeristas que estaba ahí para delatarlos a través de estas palabras.
Lo que siguió al jugueteo con los consoladores fue casi predecible: chupeteo de enormes miembros erectos, lengüetazos en las nalgas y senos, frases obscenas y una penetración en variadas posiciones, pero con gran énfasis en el culo de Anaya. Y si bien la desenfrenada escena de sexo nos tuvo atraídos por largos minutos, pronto la vocación pudo más que el morbo y comenzamos a mirar – y escuchar - más atentamente a nuestro alrededor. Muchos de esos hombres fumaban y otros emitían una extraña clase de gemidos. Quizás una mente menos pervertida habría pensado que ese sonido provenía de algún mal resfrío o bien de una flema carraspeada, pero como el ambiente nos había contagiado, inmediatamente asumimos que algún afortunado espectador había conseguido por fin una brutal y relajante descarga de semen que de seguro haría valer la pena la luca gastada en aquel menospreciado vicio sexual.

Fetish Therapy

Luego de una perturbadora doble penetración que hizo gritar como un animal a Anaya, vino el gran finale. Sí, como todos saben: el cum-shot o champañazo, es la escena final de toda película pornográfica que se precie de ser bien cochina. Pues bien, mi inexperta compañera no lo sabía. Luego de la eyaculación de los dos tipos encima de la mujer, la película terminó y las luces se prendieron y el silencio fue sepulcral. El sentimiento de vergüenza se percibía casi tan fuerte como el olor a hombre que lo inundaba todo.
Un tipo salió al baño, o al bar del lobby, rapidísimo, pegado a la pared y sin mirar a nadie.
Unos minutos más tarde, y gracias a las pifias de los más urgidos por su dosis de celuloide calentón, llegó el viejito con el control remoto a poner la siguiente cinta. El siguiente dvd, para ser precisos. Las películas las proyectan con un data, para decepción de los románticos. Las luces se apagan. Entra más gente, harta gente más, y empieza la segunda pieza: Fetish Therapy.
La película comienza con una lánguida y pálida mujer que pasea por una playa desierta. El audio del Cine Central era malo, realmente malo, por lo que todo lo que se relata a continuación es fruto de la inexperta chiquilla que, motivada en ser una buena periodista, accedió a prestarse para realizar semejante reportaje.
Recostada en un sillón tipo Luis XV está una sensual morena, de grandes labios rojos y piel blanca como la nieve. Viste sólo de hilos negros que pretenden ser lencería, pero al fin y al cabo son sólo hilos de latex que recorren su pálido cuerpo. La mujer se autocomplace mientras la pantalla va mostrando las fantasías que invaden su excitado cuerpo. Hombres enmascarados, nalgadas con botellas de champagne, lencería que sólo revela el sexo y tocaciones entre mujeres. Y cuando ella está a punto de conseguir un gran y profundo orgasmo, en la habitación irrumpe su marido y la increpa. Le pregunta qué hace y le reprocha su actitud, mas luego de analizar detenidamente la expresión de calentura de su mujer, decide aceptar la oferta y deja que ella le baje lentamente el cierre de su pantalón para que luego su boca ardiente le coma el miembro como nunca nadie lo había hecho antes.
El tipo de adelante seguía tirándose flatos que hacían temblar la sala. A nadie parecía importarle. A nosotros sí, porque esta película, a diferencia de la anterior- era española- tenía trama y queríamos seguirla. Pero no había caso, el sonido apestaba. Tuvimos que intentar armar la historia de los acontecimientos que transcurrían en pantalla por medio de las imágenes y la música.
Pasaron algunos planos de paisajes. Mar, castillos y verdes prados. Luego, un joven de cola de caballo y extraña barba, tomaba whisky y fumaba un puro, mientras dos chicas se la chupaban. Eso dio el inicio a un intenso trío, que sin embargo, según mi compañera había dejado un tanto de lado a la chica rubia. Y sí, en realidad la rubia estuvo todo el tiempo sola masturbándose al lado. Concluimos que era porque el tipo de cola de caballo no la amaba realmente y que ella era la víctima del triangulo amoroso. Siempre hay uno que sale perdiendo.
La película era realmente profunda y nos había cautivado. No era follar por follar, ya que la paliducha mujer del comienzo estaba ahí para “sanarse” de sus vicios fetiches gracias a la influencia de un apuesto doctor ( mi colega dice que el título se lo otorgué por mera fantasía sexual). Pero cuando por fin le habíamos tomado el gusto al cine porno, los flatos, los viejos verdes y la oscuridad del momento, el deber académico pudo más que el placer corpóreo y decidimos abandonar la experiencia, no sin antes retomar los pudores y discutir por largos minutos quién saldría primero y por dónde demonios lo haríamos (nunca vimos el cartel de “Salida”).
Reuniendo las pocas monedas que nos quedaban – fue un milagro haber podido regresar a la universidad- compramos un cigarro y fumamos. No podíamos dejar de reflexionar sobre tan poco comprendido oficio. Dudas hay por mil y, tal como hemos conversado, quizás nuestro próximo reportaje será cómo lograr una depilación perfecta en el área anal sin producir irritaciones ni manchas en la piel.


Adicto al Porno 2

Just like Chasey Lane

A ella le encantan las películas que hacen estremecer su cuerpo, para luego dejarse llevar por el placer que le proporcionan sus manos y coloridos juguetes sexuales. Ella es una de las pocas mujeres que admite ser fanática del cine porno y desde ya advierte que no por eso la han de llamar “degenerada”.

“Sé que es extraño, pero es cierto: soy adicta a las películas porno. Y no por eso me considero anormal o degenerada. De hecho, tengo dos hijos y un marido con el que tenemos una relación saludable y rica en afecto y sentimientos. Tampoco tengo trancas sexuales ni dudas sobre mi condición sexual. Nada de eso. El hecho real y concreto es que me gustan las películas con sexo explícito, de esas en las que tu cuerpo responde inmediatamente y sientes tu entrepierna húmeda y tus pezones tensos.
Desde mi adolescencia supe que yo no tenía los mismos complejos y prejuicios que tenían mis amigas respecto al sexo. De hecho, perdí mi virginidad súper joven y con mi primer pololo experimenté al máximo. Fue él quien me mostró las primeras películas porno y me enseñó a disfrutar plenamente de lo que el sexo te podía llevar a experimentar. Vimos muchísimas y de distinto grado de intensidad, pero el resultado siempre era el mismo: una cómoda y placentera masturbación y luego penetración en distintas posiciones que nos llevaba más allá de lo que la imaginación nos permitía.
Esa relación me enseñó mucho de mí misma y también me ayudó a vivir el sexo sin las trancas que impone la sociedad. Desde ese entonces comencé a formar mi propia colección de películas porno y , de paso, un repertorio de juguetes sexuales, entre los que destaco mis tres docenas de consoladores y vibradores en diferentes colores y tamaños que he logrado juntar en cerca de diez años.
Si tuviera que ser una actriz porno creo que sería Chasey Lane, porque la encuentro brutalmente linda, sensual y además me encanta la expresión de su rostro cuando su lengua se desliza en el miembro de un fornido macho. Además que ella es un icono del cine porno y por eso le debemos respeto.
Quizás muchas personas dirán que soy una depravada o sucia, pero a todos ellos me los paso por la raja. Mi marido ,que es el único que podría juzgarme, sabe que lo que haga en la cama lo hago para que lo gocemos en pareja y como él viaja por largos periodos de tiempo, sabe que no hay nada mejor para asegurarle mi fidelidad que mi apreciada y variada gama de colección de videos porno y consoladores”

Adicto al Porno 1

En pelotas frente al computador
Aunque nuestro entrevistado se abrió completamente y contó toda su biografía pajera, no quiso que publicáramos su nombre. Acordamos en que no es eso lo central. Lo importante es que con este relato se pueden identificar muchos. Esta es la vida de un masturbador compulsivo.

“En mi colegio había un tráfico más o menos de vhs porno. Se generó una pequeña cofradía de puros hueones secos pa pajearse con los que intercambiábamos los videos. Después un compañero las empezó a copiar en masa y las vendía y hasta los profesores le compraban, pero le pagaban con notas.
Además, con un amigo teníamos revistas enterradas adentro de un taperware, a la mierda en un cerro, donde nadie las cachara. Ahí estaban enterradas junto a ese árbol con olor a eucaliptos. Yo iba, las desenterraba y me pajeaba. Era la raja. Lo más bacán era que como era al aire libre era mas bacán. No en la exhibicionista, sino como amante de la naturaleza.
Igual he pololeado. Cuando ya estábamos locos por el otro, nos íbamos a este mismo bosque y ahí atinábamos. Era la raja. Ahí, corriéndonos mano. En el día y la oscuridad. Como adolescentes haciendo el amor. Me la chupaba y después me pajeaba. Puta cómo no me voy a convertir en onanista después de experiencias como esa. Claro, porque pasó el tiempo y quedé soltero. Pero para entonces había aparecido internet. Y cagué. Ahora soy un masturbador compulsivo. A veces trato de dejarla. Pero vuelvo. Soy un adicto.
Y aunque tenga mina, es igual. Puta, uno tiene sus otras mujeres también. Uno siempre es fiel a las chicas del porno. Tenis tus favoritas, conocis minitas nuevas. Una negrita, una latina, una robustita. Le podis dar a cualquiera a cualquier hora, meterte con la que querai y nunca te van a decir nada. Las más fieles, son las chicas del porno”.
Después viene el arrepentimiento, el sentido de culpa. Esa huea mata. Es lo peor. Es como que la cámara retrocediera y te vieras ahí sentado, en pelotas frente al computador. Con la corneta en la mano. Lo peor es pajearse de aburrido. Pierde sentido la huea.
Es que puta, por algo le dicen ‘ando pajero’, porque no andai power, con energía.
Y yo cacho q las minas sienten las vibras sexuales. Y cuando no te la hacis andai power... si uno mismo lo siente, sentis cuando ella también se excita y te mira.
Al final, ¿qué tiene? ¿Cuántos millones de espermios producimos al día? Obviamente con toda esa cantidad vai a tener más necesidades de liberarte. El sexo es un derecho humano"

12.27.2005

We are back

Ver que teníamos comment en el último post ha sido realmente el mejor regalo del día. Que interesante y gratificante saber que existen muchos "pesivistas" en el mundo y que hay personas que sienten ganas de colaborar de este proyecto que quedó guardado en un cajón, mas no olvidado.
La idea de Pesivo era justamente provocar un cambio en el Periodismo tradicional. Queríamos evitar esas preguntas morbosas dignas de un ave de carroña que vive del dolor ajeno. Queríamos dejar de escribir en base a los factores de interés noticioso, pues para nosotros el Periodismo es algo vivencial, algo que debe estar sujeto a los cambios sociales y personales. No queremos más de ese periodismo rígido y frio. No más piramides invertidas ni noticias morbosas. Hay tanto material en nuestro día a día. Y es por eso que nuevamente dejo la invitación abierta para que los "pesivistas" participen de este proyecto de periodismo nuevo y fresco. Para que exista el cambio y las "noticias" sean realmente nuestras. Del día a día.
Quienes se interesen en participar de Periodistas Sin Vocación las puertas están abiertas.
Sus colaboraciones pueden ser enviadas a dpavez@gmail.com y desde ya doy por re-inaugurado nuestro blog.

Arriba las plumas del mundo y a escribir!