El infierno y el paraíso pueden tener ruedas
Viaje Colectivo
6:40 am. Poco a poco la cuidad comienza a despertar y las calles se van llenado de historias. Cubiertos con gruesas parcas, gorros de lana y bufandas, los transeúntes de la mañana comienzan a invadir los paraderos. Están casados y medio dormidos. De no ser por el intenso frío, de seguro que sus ojos se cerrarían y sus cuerpos rendidos a Morfeo se dejarían caer en el primer espacio confortable que los acogiera.
El sueño amenaza así como la terrible certeza de que ésta será una larga jornada. Una más en esta interminable historia de ires y venires.
La espera se hace eterna pese a que ésta no dura más de 15 minutos. Los más viejos aguardan con la mirada perdida en algún sueño inalcanzable, mientras que los más jóvenes lo hacen concentrados en algún cuaderno lleno de dudas, expectativas y temores.
7:10 am. El ambiente apesta. La pequeña micro lleva alrededor de 50 pasajeros y cada una de las ventanas cerradas. El chofer está de mal humor, lo delatan sus movimientos bruscos y la colérica mirada que le dedica a cada uno de los desafortunados escolares y universitarios que suben. En los tacos el hombre suda, se mueve incómodo y pierde la mirada en algún sitio lejano. Quizás, el chofer sueña con ser futbolista, cantante o tan sólo un hombre feliz que no tuviera que lidiar día a día con cientos de desconocidos que no son capaces de entender su atormentado corazón.
El aire está denso y caliente. Huele a cuerpo, a suciedad, a cigarro, a perfumes y desodorantes. Huele a aliento con menta y aliento baboso. Huele a frustración, alegrías, temores y esperanzas. Huele a rutina y monotonía.
Algunos de los pasajeros sentados han cerrado los ojos, mientras que otros se conforman con mirar por la ventana, concientes de que difícilmente podrán ver algo nuevo.
El escenario se vuelve más duro para aquellos que van de pie. Los cuerpos pegados por obligación, rozándose, tocándose, violando la intimidad del sujeto. La respiración del prójimo sobre el rostro y ese desagradable olor a tufo ajeno que se filtra por la nariz.
El viaje se convierte en una pesadilla y en los rostros cansados la desesperación se hace evidente. “Quiero bajar, quiero bajar” resuena en las mentes de los pasajeros. “Quiero ir a casa, quiero ir casa”, piensa el chofer.
7:45 am. La micro poco a poco comienza a vaciarse y los que antes padecieron el infortunio de viajar de pie, ahora descienden tranquilos y son los primeros en volver a disfrutar del delicioso aire fresco.
Los pasajeros están bajando y quizás nunca más vuelvan a encontrarse. Al momento en que cada uno descienda de la micro, sus vidas volverán a ser una historia independiente. Un universo distinto que, sin embargo, alguna vez vibró en la misma sintonía.
Viaje personal
Cuando Romy enciende el motor no hay quien lo detenga. Su tímida personalidad se transforma y a medida que el velocímetro avanza se va convirtiendo en un osado piloto aficionado que confunde las calles y carreteras de la ciudad con las pistas de la Fórmula1.
Dice que no saber cuándo fue que comenzó a amar los viajes a gran velocidad, pero sí tiene claro que hoy en día es su único placer . Y es que Romy, agrónomo de 28 años, no fuma, no bebe ni tampoco come en exceso. Se duerme temprano y no sale de fiesta los fines de semana ni tampoco tiene un romance.
“Hace un buen tiempo que descubrí que lo único que necesitaba para ser feliz era manejar rápido un buen par de horas”, confiesa algo avergonzado. “Nadie se puede imaginar lo que siento cuando mi pie se descarga furioso contra el acelerador y pronto todo comienza a ser tan fugaz que ya nada importa”.
A simple vista Romy no parece ser del tipo de sujetos que maneja como enajenado en la vía pública ni en los caminos solitarios. Tampoco nadie diría que a su corta edad ya ha estado cinco veces cerca de la muerte, producto de accidentes por exceso de velocidad. Pero una vez que decide abrir sus delgados labios, éstos comienzan a moverse y revelar un bizarro universo donde lo que impera es el viaje, la velocidad y las ganas de escapar.
Romy cuenta que tiene una parcela en La Cruz por lo que semanalmente debe viajar hasta esa ciudad. En esas oportunidades arma su auto con un termo de café, el cd de Meter Gabriel y la cruz de oro que le regaló su madre el día de su confirmación, ya que está seguro de que es ésta la que le ha salvado la vida en esos accidentes que ha sobrevivido y que prefiere olvidar.
“La verdad de las cosas esos son momentos que por mí echaría a la papelera de reciclaje”, dice con una sonrisa amarga, “porque son instantes en los que no sólo yo he resultado herido, sino que también mis padres , hermanos y amigos, ya que en el fondo, ellos sufren mucho más que yo”.
Sin embargo, ni los accidentes ni las costosas multas por exceso de velocidad alejan a Romy de su pasión. Sin ir más lejos, el joven cuenta que ayer viajó hasta La Cruz y que gozó con el hecho de tener el control de su vida en ese artefacto tan vulnerable como el auto. Y es que para Romy el único momento en el que se siente capaz de tomar decisiones y de tomar el control de su propio destino es cuando el auto comienza a andar.
“Para mí el viaje representa mi propia vida”, dice con algo de tristeza. “Yo soy de esas personas que siempre han sido miradas en menos o simplemente rechazadas por mi timidez, es por eso que creo que en el único instante donde sólo importo yo es cuando me subo en mi auto y todo comienza a dejar de existir”.
A Romy cuenta que desde el momento en que comienza la travesía ya se siente más aliviado. A veces abre un poco las ventanas y deja que el viento acaricie bruscamente su pálido rostro. Ama la velocidad y las carreteras.
Dice que cuando siente tristeza, coge el vehículo y comienza a manejar sin rumbo alguno. Manejar por manejar a donde lo lleve el acelerador. “Hubo una vez en la que sin querer estaba en San Bernardo,” señala Romy, “ Manejé sin conciencia de la dirección y esa fue una experiencia memorable, porque no sólo terminé de raíz con mi pena sino que también estuve en una fiesta increíble”.
Romy no le teme a la muerte ni al peligro de la carretera. Tampoco se siente una amenaza para el resto de los conductores y cree firmemente en que si alguna vez falleciera en el camino se iría inmediatamente al cielo. “Siempre pienso q ue quizás mis viajes son una eterna búsqueda del camino al cielo”, agrega con una mirada misteriosa, mientras abandona la conversación.
Viaje Tormentoso
Catalina odia los vehículos motorizados con toda su alma desde que hace tres años se vio involucrada en un peligroso accidente, donde su mejor amiga perdió la vida. Desde ese entonces, tiene miedo de salir a la calle y está en tratamiento psiquiátrico. Es por ello que sólo accedió a abrirnos su boca con la única intención de que alguien más entendiera su terrible miedo a andar en “cosas con ruedas”.
La noche del 18 de septiembre del 2003, Catalina y su grupo de amigos regresaban de una ramada en Quebrada Alvarado. Estaban felices y reían por todo. “Jamás pensé que todo tendría un horrible final”, asegura con lágrimas en los ojos.
Eran seis los que viajaban en el auto: Eduardo, Leyla, la Chika, Tomás, Pancho y ella. Catalina recuerda que eran amigos desde la infancia, ya que todos ellos veraneaban en Maitencillo. “Teníamos miles de planes y aunque hayan pasado tres años yo todavía asumo que la Leylita está muerta”, dice con recogimiento.
Y es que en cierto modo, Catalina se siente responsable del fallecimiento de su amiga y de la invalidez de Pancho, el conductor del vehículo Toyota Teruel blanco en el que viajaban.
Todo comenzó alrededor de las 4pm. Pancho y Catalina pololeaban desde hacía cuatro años y ya tenían una relación consolidada que parecía proyectarse a futuro. Sin embargo, el amor es engañoso y traicionero. Nunca se sabe cuando el corazón dará un giro y de un momento a otro todo se acaba. Eso fue lo que le pasó a Catalina, quien ese fatídico día terminó su relación con Pancho durante el tradicional asado que reunía a ambas familias en la casa de él. “Hasta el último minuto pensé que el Pancho se había tomado super bien la noticia”, cuenta la joven, “porque o sea, yo le dije que igual teníamos que ser amigos y que lo único que cambiaría era que ya no habrían besos n abrazos. El resto sería igual”.
A eso de las 7pm, Pancho y Catalina fueron a buscar al resto del grupo. “La última en subir fue la Leylita”, dice con la voz temblorosa, “Ella no quería ir, porque estaba cansada y yo le insistí e insistí hasta que ella aceptó”. Recordar este hecho daña a Catalina. Sus blancas y delgadas manos retuercen una servilleta de papel, mientras intenta contener los sollozos que la azotan. Sufre y se desespera, atormentada por los recuerdos irreversibles y esa vida que ya jamás volverá.
En la ramada lo pasaron bien. Bailaron, comieron y bebieron una gran cantidad de alcohol. Catalina dice que no sabe por qué ese día bebió como condenada, ya que no era costumbre de ella hacerlo. Tampoco dice recordar si alguna vez llamó la atención a Pancho por beber. “ O sea, yo jamás lo había visto tomar cuando manejaba, pero ese día lo hizo y mucho. Lo peor es que los Eduardo y Tomás estaban peor y ninguna de las niñas manejábamos”, señala.
En un momento, Catalina recuerda que se encontró con un amigo de universidad y fue con éste a bailar. Dice que en sus actos no hubo mala onda ni tampoco intenciones de coqueteo. Era sólo un baile, pero para Pancho esa fue la gota que rebalsó el vaso.
Pancho siguió bebiendo y con el paso de los minutos se volvía más agresivo y torpe. Catalina recuerda que de un momento a otro dijo que se iba y que el que no se subía inmediatamente al auto se podría joder en el mismo infierno. Tomás y Eduardo dijeron que no lo dejarían solos y las niñas, asustadas con la idea de quedarse botadas, accedieron.
Leyla tenía mucho miedo. Le pidió varias veces que no manejara rápido y que se fueran despacio y con tranquilidad. Incluso le propuso detenerse antes por un par de cafés para ayudar a que Pancho venciera la borrachera. Sin embargo, nadie la oyó.
Las carreteras estaban prácticamente vacías. Sólo en algunas ocasiones un auto pasaba junto a ellos. Es por ello, que Pancho comenzó a ir cada vez más rápido. Leyla iba sentada sobre las piernas de Tomás y temblaba. “Yo estaba sentada junto a ella y sentía cómo tiritaba su cuerpo”, recuerda, “La Leylita le tenía mucho miedo a la velocidad y estaba nerviosa, muy nerviosa. Yo siempre he creído que en el fondo ella presentía algo.
Todos iban en silencio y nade reía. El modo agresivo y descontrolado con el que manejaba Pancho los había asustado a todos.
Fue entonces cuando Catalina se hartó y le dijo que si no manejaba más lento detuviera el auto, porque ella y los demás se bajarían, ya que no estaban interesados en morir.
Pancho, la miró por el espejo retrovisor y le dijo “Aquí nadie se baja y menos tú”.
La fría madrugada congelaba los vidrios e impedía ver con claridad. Fue entonces cuando de la nada un grupo de caballos cruzaba la carretera. El exceso de velocidad y los malos reflejos hicieron que Pancho realizara una compleja maniobra de esquivo que no resultó y expulsó a Leyla del auto.
Catalina se golpeó la cabeza y cuando abrió los ojos no recordaba nada. Dice que poco a poco tuvo que reconstruir los hechos, eso sí sólo se enteró de la muerte de su mejor amiga el día 20.
Pancho está inválido y anda en silla de ruedas. Hace tres años que abandonó la universidad y de no ser por sus padres no tendrían noticias de él. Eduardo, Tomás y la Chica están cerca de egresar y para ellos el accidente no es más que otra piedra en el camino que había que sortear.
Catalina tiene miedo. En un comienzo su temor sólo se sentía cuando viajaba en auto, pero pronto comenzó a extenderse a cualquier cosa con ruedas. Dice que el corazón se le acelera a tal punto que siente mareos. Las manos le sudan frío y su boca se seca. El cuerpo le tiembla y las venas de la cabeza la palpitan peligrosamente. Los médicos le han dicho que son síntomas físicos de su fobia.
Experimenta lo mismo cuando sale a la calle, ya que tiene miedo de que un enajenado al volante le tire el auto encima o le de un ataque al corazón y ningún desconocido quiera ayudarla.
Actualmente, confiesa estar superándose. Dice que toma unos ansiolíticos que al menos a dejan dar unos breves paseos por la calle. Eso sí todavía no se sube a los autos e incluso su familia accedió a vivir en un céntrico sector de Viña donde no requiere de mucha movilización.
Y es que para Catalina “viaje” es y será sinónimo de muerte y peligro; olor a sangre, hospitales y un peso de conciencia que ni el más avezado psiquiatra logrará erradicar.
6:40 am. Poco a poco la cuidad comienza a despertar y las calles se van llenado de historias. Cubiertos con gruesas parcas, gorros de lana y bufandas, los transeúntes de la mañana comienzan a invadir los paraderos. Están casados y medio dormidos. De no ser por el intenso frío, de seguro que sus ojos se cerrarían y sus cuerpos rendidos a Morfeo se dejarían caer en el primer espacio confortable que los acogiera.
El sueño amenaza así como la terrible certeza de que ésta será una larga jornada. Una más en esta interminable historia de ires y venires.
La espera se hace eterna pese a que ésta no dura más de 15 minutos. Los más viejos aguardan con la mirada perdida en algún sueño inalcanzable, mientras que los más jóvenes lo hacen concentrados en algún cuaderno lleno de dudas, expectativas y temores.
7:10 am. El ambiente apesta. La pequeña micro lleva alrededor de 50 pasajeros y cada una de las ventanas cerradas. El chofer está de mal humor, lo delatan sus movimientos bruscos y la colérica mirada que le dedica a cada uno de los desafortunados escolares y universitarios que suben. En los tacos el hombre suda, se mueve incómodo y pierde la mirada en algún sitio lejano. Quizás, el chofer sueña con ser futbolista, cantante o tan sólo un hombre feliz que no tuviera que lidiar día a día con cientos de desconocidos que no son capaces de entender su atormentado corazón.
El aire está denso y caliente. Huele a cuerpo, a suciedad, a cigarro, a perfumes y desodorantes. Huele a aliento con menta y aliento baboso. Huele a frustración, alegrías, temores y esperanzas. Huele a rutina y monotonía.
Algunos de los pasajeros sentados han cerrado los ojos, mientras que otros se conforman con mirar por la ventana, concientes de que difícilmente podrán ver algo nuevo.
El escenario se vuelve más duro para aquellos que van de pie. Los cuerpos pegados por obligación, rozándose, tocándose, violando la intimidad del sujeto. La respiración del prójimo sobre el rostro y ese desagradable olor a tufo ajeno que se filtra por la nariz.
El viaje se convierte en una pesadilla y en los rostros cansados la desesperación se hace evidente. “Quiero bajar, quiero bajar” resuena en las mentes de los pasajeros. “Quiero ir a casa, quiero ir casa”, piensa el chofer.
7:45 am. La micro poco a poco comienza a vaciarse y los que antes padecieron el infortunio de viajar de pie, ahora descienden tranquilos y son los primeros en volver a disfrutar del delicioso aire fresco.
Los pasajeros están bajando y quizás nunca más vuelvan a encontrarse. Al momento en que cada uno descienda de la micro, sus vidas volverán a ser una historia independiente. Un universo distinto que, sin embargo, alguna vez vibró en la misma sintonía.
Viaje personal
Cuando Romy enciende el motor no hay quien lo detenga. Su tímida personalidad se transforma y a medida que el velocímetro avanza se va convirtiendo en un osado piloto aficionado que confunde las calles y carreteras de la ciudad con las pistas de la Fórmula1.
Dice que no saber cuándo fue que comenzó a amar los viajes a gran velocidad, pero sí tiene claro que hoy en día es su único placer . Y es que Romy, agrónomo de 28 años, no fuma, no bebe ni tampoco come en exceso. Se duerme temprano y no sale de fiesta los fines de semana ni tampoco tiene un romance.
“Hace un buen tiempo que descubrí que lo único que necesitaba para ser feliz era manejar rápido un buen par de horas”, confiesa algo avergonzado. “Nadie se puede imaginar lo que siento cuando mi pie se descarga furioso contra el acelerador y pronto todo comienza a ser tan fugaz que ya nada importa”.
A simple vista Romy no parece ser del tipo de sujetos que maneja como enajenado en la vía pública ni en los caminos solitarios. Tampoco nadie diría que a su corta edad ya ha estado cinco veces cerca de la muerte, producto de accidentes por exceso de velocidad. Pero una vez que decide abrir sus delgados labios, éstos comienzan a moverse y revelar un bizarro universo donde lo que impera es el viaje, la velocidad y las ganas de escapar.
Romy cuenta que tiene una parcela en La Cruz por lo que semanalmente debe viajar hasta esa ciudad. En esas oportunidades arma su auto con un termo de café, el cd de Meter Gabriel y la cruz de oro que le regaló su madre el día de su confirmación, ya que está seguro de que es ésta la que le ha salvado la vida en esos accidentes que ha sobrevivido y que prefiere olvidar.
“La verdad de las cosas esos son momentos que por mí echaría a la papelera de reciclaje”, dice con una sonrisa amarga, “porque son instantes en los que no sólo yo he resultado herido, sino que también mis padres , hermanos y amigos, ya que en el fondo, ellos sufren mucho más que yo”.
Sin embargo, ni los accidentes ni las costosas multas por exceso de velocidad alejan a Romy de su pasión. Sin ir más lejos, el joven cuenta que ayer viajó hasta La Cruz y que gozó con el hecho de tener el control de su vida en ese artefacto tan vulnerable como el auto. Y es que para Romy el único momento en el que se siente capaz de tomar decisiones y de tomar el control de su propio destino es cuando el auto comienza a andar.
“Para mí el viaje representa mi propia vida”, dice con algo de tristeza. “Yo soy de esas personas que siempre han sido miradas en menos o simplemente rechazadas por mi timidez, es por eso que creo que en el único instante donde sólo importo yo es cuando me subo en mi auto y todo comienza a dejar de existir”.
A Romy cuenta que desde el momento en que comienza la travesía ya se siente más aliviado. A veces abre un poco las ventanas y deja que el viento acaricie bruscamente su pálido rostro. Ama la velocidad y las carreteras.
Dice que cuando siente tristeza, coge el vehículo y comienza a manejar sin rumbo alguno. Manejar por manejar a donde lo lleve el acelerador. “Hubo una vez en la que sin querer estaba en San Bernardo,” señala Romy, “ Manejé sin conciencia de la dirección y esa fue una experiencia memorable, porque no sólo terminé de raíz con mi pena sino que también estuve en una fiesta increíble”.
Romy no le teme a la muerte ni al peligro de la carretera. Tampoco se siente una amenaza para el resto de los conductores y cree firmemente en que si alguna vez falleciera en el camino se iría inmediatamente al cielo. “Siempre pienso q ue quizás mis viajes son una eterna búsqueda del camino al cielo”, agrega con una mirada misteriosa, mientras abandona la conversación.
Viaje Tormentoso
Catalina odia los vehículos motorizados con toda su alma desde que hace tres años se vio involucrada en un peligroso accidente, donde su mejor amiga perdió la vida. Desde ese entonces, tiene miedo de salir a la calle y está en tratamiento psiquiátrico. Es por ello que sólo accedió a abrirnos su boca con la única intención de que alguien más entendiera su terrible miedo a andar en “cosas con ruedas”.
La noche del 18 de septiembre del 2003, Catalina y su grupo de amigos regresaban de una ramada en Quebrada Alvarado. Estaban felices y reían por todo. “Jamás pensé que todo tendría un horrible final”, asegura con lágrimas en los ojos.
Eran seis los que viajaban en el auto: Eduardo, Leyla, la Chika, Tomás, Pancho y ella. Catalina recuerda que eran amigos desde la infancia, ya que todos ellos veraneaban en Maitencillo. “Teníamos miles de planes y aunque hayan pasado tres años yo todavía asumo que la Leylita está muerta”, dice con recogimiento.
Y es que en cierto modo, Catalina se siente responsable del fallecimiento de su amiga y de la invalidez de Pancho, el conductor del vehículo Toyota Teruel blanco en el que viajaban.
Todo comenzó alrededor de las 4pm. Pancho y Catalina pololeaban desde hacía cuatro años y ya tenían una relación consolidada que parecía proyectarse a futuro. Sin embargo, el amor es engañoso y traicionero. Nunca se sabe cuando el corazón dará un giro y de un momento a otro todo se acaba. Eso fue lo que le pasó a Catalina, quien ese fatídico día terminó su relación con Pancho durante el tradicional asado que reunía a ambas familias en la casa de él. “Hasta el último minuto pensé que el Pancho se había tomado super bien la noticia”, cuenta la joven, “porque o sea, yo le dije que igual teníamos que ser amigos y que lo único que cambiaría era que ya no habrían besos n abrazos. El resto sería igual”.
A eso de las 7pm, Pancho y Catalina fueron a buscar al resto del grupo. “La última en subir fue la Leylita”, dice con la voz temblorosa, “Ella no quería ir, porque estaba cansada y yo le insistí e insistí hasta que ella aceptó”. Recordar este hecho daña a Catalina. Sus blancas y delgadas manos retuercen una servilleta de papel, mientras intenta contener los sollozos que la azotan. Sufre y se desespera, atormentada por los recuerdos irreversibles y esa vida que ya jamás volverá.
En la ramada lo pasaron bien. Bailaron, comieron y bebieron una gran cantidad de alcohol. Catalina dice que no sabe por qué ese día bebió como condenada, ya que no era costumbre de ella hacerlo. Tampoco dice recordar si alguna vez llamó la atención a Pancho por beber. “ O sea, yo jamás lo había visto tomar cuando manejaba, pero ese día lo hizo y mucho. Lo peor es que los Eduardo y Tomás estaban peor y ninguna de las niñas manejábamos”, señala.
En un momento, Catalina recuerda que se encontró con un amigo de universidad y fue con éste a bailar. Dice que en sus actos no hubo mala onda ni tampoco intenciones de coqueteo. Era sólo un baile, pero para Pancho esa fue la gota que rebalsó el vaso.
Pancho siguió bebiendo y con el paso de los minutos se volvía más agresivo y torpe. Catalina recuerda que de un momento a otro dijo que se iba y que el que no se subía inmediatamente al auto se podría joder en el mismo infierno. Tomás y Eduardo dijeron que no lo dejarían solos y las niñas, asustadas con la idea de quedarse botadas, accedieron.
Leyla tenía mucho miedo. Le pidió varias veces que no manejara rápido y que se fueran despacio y con tranquilidad. Incluso le propuso detenerse antes por un par de cafés para ayudar a que Pancho venciera la borrachera. Sin embargo, nadie la oyó.
Las carreteras estaban prácticamente vacías. Sólo en algunas ocasiones un auto pasaba junto a ellos. Es por ello, que Pancho comenzó a ir cada vez más rápido. Leyla iba sentada sobre las piernas de Tomás y temblaba. “Yo estaba sentada junto a ella y sentía cómo tiritaba su cuerpo”, recuerda, “La Leylita le tenía mucho miedo a la velocidad y estaba nerviosa, muy nerviosa. Yo siempre he creído que en el fondo ella presentía algo.
Todos iban en silencio y nade reía. El modo agresivo y descontrolado con el que manejaba Pancho los había asustado a todos.
Fue entonces cuando Catalina se hartó y le dijo que si no manejaba más lento detuviera el auto, porque ella y los demás se bajarían, ya que no estaban interesados en morir.
Pancho, la miró por el espejo retrovisor y le dijo “Aquí nadie se baja y menos tú”.
La fría madrugada congelaba los vidrios e impedía ver con claridad. Fue entonces cuando de la nada un grupo de caballos cruzaba la carretera. El exceso de velocidad y los malos reflejos hicieron que Pancho realizara una compleja maniobra de esquivo que no resultó y expulsó a Leyla del auto.
Catalina se golpeó la cabeza y cuando abrió los ojos no recordaba nada. Dice que poco a poco tuvo que reconstruir los hechos, eso sí sólo se enteró de la muerte de su mejor amiga el día 20.
Pancho está inválido y anda en silla de ruedas. Hace tres años que abandonó la universidad y de no ser por sus padres no tendrían noticias de él. Eduardo, Tomás y la Chica están cerca de egresar y para ellos el accidente no es más que otra piedra en el camino que había que sortear.
Catalina tiene miedo. En un comienzo su temor sólo se sentía cuando viajaba en auto, pero pronto comenzó a extenderse a cualquier cosa con ruedas. Dice que el corazón se le acelera a tal punto que siente mareos. Las manos le sudan frío y su boca se seca. El cuerpo le tiembla y las venas de la cabeza la palpitan peligrosamente. Los médicos le han dicho que son síntomas físicos de su fobia.
Experimenta lo mismo cuando sale a la calle, ya que tiene miedo de que un enajenado al volante le tire el auto encima o le de un ataque al corazón y ningún desconocido quiera ayudarla.
Actualmente, confiesa estar superándose. Dice que toma unos ansiolíticos que al menos a dejan dar unos breves paseos por la calle. Eso sí todavía no se sube a los autos e incluso su familia accedió a vivir en un céntrico sector de Viña donde no requiere de mucha movilización.
Y es que para Catalina “viaje” es y será sinónimo de muerte y peligro; olor a sangre, hospitales y un peso de conciencia que ni el más avezado psiquiatra logrará erradicar.
por Majandra