En la Caja 13
Por Patta Darko
RevistaSandia.cl
La Caro sale del supermercado y me hace un seña para que la siga. Va acompañada de una señora de unos sesenta años muy bien vestida, y tan ocupada hablando por celular que ni se da cuenta que me uno a ellas en su pequeño viaje. Hace mucho calor, las veredas del centro colapsadas y a la Caro le cuesta un poco maniobrar el carro lleno de bolsas. Se le queda pegada una rueda y tiene que levantarlo cada vez que sube una vereda.
El camino es largo, pero a la señora no parece importarle. Ella sigue haciendo y recibiendo llamadas por su celular. Nos hemos alejado bastante del supermercado, ya no hay tanta gente que se cruce por el camino y eso hace un poco más fácil la tarea a la Caro. Me cuenta que estos “piques” le cargan porque mientras más larga es la “tirada”, menos plata le dan, y se pierde la oportunidad de estar en el supermercado, donde sí dan buenas propinas. “En todo este rato me pude haber hecho fácil luca en el súper, pero justo me tocó esta señora y me tocó no más, po’”. La resignación de Carolina es entendible porque los empaquetadores no tienen un sueldo fijo. Sus ganancias se basan solamente en las propinas que les da la gente.
Paramos frente a un semáforo en rojo y la dueña de las compras recién se da cuenta de mi presencia, me pregunta quién soy y le contesto que quiero escribir una historia sobre los empaquetadores de supermercados. No le da mucha importancia a mis palabras y me contesta con un “ah”.
Después de cinco cuadras de caminata llegamos a una gran casa de dos pisos. La señora toca el timbre, sale la nana, y luego le dice un “gracias linda” a la Caro, y le pasa 350 pesos. “¿Viste?”, y nos devolvemos al supermercado. En el camino confiesa que aunque le den poca plata, le gusta salir de vez en cuando de su puesto de trabajo, “me sirve para estirar un poco las piernas, paso todo el día de pie. A mis amigas no les gusta salir, pero a mí sí”. Al llegar, sus compañeras la molestan y le preguntan que cómo estuvo el paseo, ella se ríe y se pone en la caja número trece a empaquetar bebidas, latas de atún y champú.
Ahí está el negocio
“Entré aquí hace como un año y medio. Una amiga me dijo que necesitaban gente, vine y me dejaron”, cuenta Carolina, de 17 años, mientras se fuma un cigarro en un callejón cerca del supermercado en donde trabaja todas las tardes. Me dice que los requisitos que les piden a todos para empezar a trabajar son un certificado de nacimiento, los antecedentes y un permiso notarial de los padres, puesto que son menores de edad. Bajando un poco la voz, la Caro explica que a los supermercados no les gusta contratar mayores de 18 porque tendrían que hacerles contrato, “y eso a ellos no les conviene, porque ahí está el negocio po”.
Es su hora de almuerzo, pero ella prefiere fumar porque le gusta llegar a comer a su casa con su hermana y su mamá. Su papá se fue años atrás, y aunque si bien en un principio siguieron viéndolo los fines de semana, un día él nunca más apareció. “Ahora ni siquiera hablamos con él”, dice encogiéndose de hombros.
Carolina es de contextura delgada, muy alta y de tez blanca. Lleva puestas unas zapatillas muy gastadas y al darse cuenta que las estoy mirando me aclara: “Éstas son las que traigo para trajinar. Cuando salgo, me pongo las decentes”.
Después de salir del liceo decidió entrar a trabajar en el supermercado, no le interesó seguir estudiando. “Quería tener mi propia plata sin andar pechándole a mi mamá. Nunca me faltó nada en realidad, pero quería poder comprarme mis propias cosas”. A su mamá no le gusta la idea de que haya perdido un año trabajando como empaquetadora, le habría gustado que siguiera estudiando. “A mi vieja le molesta que dejara los estudios, no que trabaje aquí. Quería que no perdiera tiempo. Yo quiero estudiar, pero no se qué. Me gusta Educación Física, y también Inglés, pero no sé, igual tengo que decidirme bien”. Carolina tiene muy claro que estudiar no es barato, y que aunque ella ahorre, nunca va a ser suficiente para una universidad. Sin embargo, ella está confiada en que cuando dé la PSU este año logrará un puntaje que le permita obtener un crédito. A ella lo que más le sobra es fe.
Se termina de fumar el cigarro y prende otro de inmediato. Hablamos de que tanto pucho le hace mal y me dice que aprovecha la hora de almuerzo porque después es difícil arrancarse en la tarde.
Perdidos entre paquetes
La Caro ya no va al liceo y por eso puede pasar mas tiempo en el supermercado trabajando, pero sus compañeros que todavía no terminan de estudiar deben cumplir con sus clases y llegar a empaquetar en las tardes los días de semana, y en el horario que puedan los sábados y domingos.
Cuenta que los empaquetadores no tienen un jefe definido que esté pendiente de ellos. Son los encargados de mantener las cajas con sencillo, los llamados “control caja”, quienes se acercan más al rol de jefe. Sin embargo, en el “súper” cualquiera puede darles órdenes. “Hasta el que repone nos puede mandar hacer cosas de repente y uno no les puede decir que no, porque si no lo haces, te echan y listo”.
Los días viernes son los que menos le gustan de su trabajo porque les hacen limpiar las cajas, devolver cada uno de los productos que la gente deja tirada al lado de las cajas en los pasillos que corresponden, y además llevar las interminables filas de carros hasta las bodegas. “Nos pasan toalla nova y limpiador y tenemos que dejar limpias las cajas. Ese día es el único en que salimos todos como a las 10:30 de la noche”
Las primeras semanas que comenzó empaquetando le costó adaptarse al ritmo de sus demás compañeros. Eran muy rápidos con las bolsas.
Lo que más difícil era acomodar los paquetes en el carro. Metía uno detrás de otro, sin darse cuenta de las botellas que iban entre medio o de los jugos en caja. Más de una vez se reventó un envase de yogur en la bolsa, y más de alguna vez también se quedó callada. Sabe que en esos casos se expone a más de una humillación y el precio es más alto que una simple reto.
Hay veces que la gente se porta mal con ellos, como cuando les echan la culpa de haber perdido algo o haberse quedado con algo de las compras. “Varias veces se ha devuelto gente de sus casas para decir que nosotros nos quedamos con el queso o que escondimos cosas y no se las echamos en las bolsas. Después, muchas veces, los pasteles se dan cuenta que se les había quedado una bolsa en el auto o estaba en la casa”. Recuerda también una ocasión en que una señora aseguró que uno de sus compañeros se había quedado con un tarro de duraznos, “él no había sido pero le hicieron pagar el tarro, y de su propia plata. Esas cosas dan rabia”.
La hora de almuerzo se acabó. La Caro se echa brillito en los labios, se hace la cola del pelo de nuevo y se despide. Me dice que cuando venga al supermercado me ponga en su caja para que la salude y nos vayamos a fumar un cigarro.
RevistaSandia.cl
La Caro sale del supermercado y me hace un seña para que la siga. Va acompañada de una señora de unos sesenta años muy bien vestida, y tan ocupada hablando por celular que ni se da cuenta que me uno a ellas en su pequeño viaje. Hace mucho calor, las veredas del centro colapsadas y a la Caro le cuesta un poco maniobrar el carro lleno de bolsas. Se le queda pegada una rueda y tiene que levantarlo cada vez que sube una vereda.
El camino es largo, pero a la señora no parece importarle. Ella sigue haciendo y recibiendo llamadas por su celular. Nos hemos alejado bastante del supermercado, ya no hay tanta gente que se cruce por el camino y eso hace un poco más fácil la tarea a la Caro. Me cuenta que estos “piques” le cargan porque mientras más larga es la “tirada”, menos plata le dan, y se pierde la oportunidad de estar en el supermercado, donde sí dan buenas propinas. “En todo este rato me pude haber hecho fácil luca en el súper, pero justo me tocó esta señora y me tocó no más, po’”. La resignación de Carolina es entendible porque los empaquetadores no tienen un sueldo fijo. Sus ganancias se basan solamente en las propinas que les da la gente.
Paramos frente a un semáforo en rojo y la dueña de las compras recién se da cuenta de mi presencia, me pregunta quién soy y le contesto que quiero escribir una historia sobre los empaquetadores de supermercados. No le da mucha importancia a mis palabras y me contesta con un “ah”.
Después de cinco cuadras de caminata llegamos a una gran casa de dos pisos. La señora toca el timbre, sale la nana, y luego le dice un “gracias linda” a la Caro, y le pasa 350 pesos. “¿Viste?”, y nos devolvemos al supermercado. En el camino confiesa que aunque le den poca plata, le gusta salir de vez en cuando de su puesto de trabajo, “me sirve para estirar un poco las piernas, paso todo el día de pie. A mis amigas no les gusta salir, pero a mí sí”. Al llegar, sus compañeras la molestan y le preguntan que cómo estuvo el paseo, ella se ríe y se pone en la caja número trece a empaquetar bebidas, latas de atún y champú.
Ahí está el negocio
“Entré aquí hace como un año y medio. Una amiga me dijo que necesitaban gente, vine y me dejaron”, cuenta Carolina, de 17 años, mientras se fuma un cigarro en un callejón cerca del supermercado en donde trabaja todas las tardes. Me dice que los requisitos que les piden a todos para empezar a trabajar son un certificado de nacimiento, los antecedentes y un permiso notarial de los padres, puesto que son menores de edad. Bajando un poco la voz, la Caro explica que a los supermercados no les gusta contratar mayores de 18 porque tendrían que hacerles contrato, “y eso a ellos no les conviene, porque ahí está el negocio po”.
Es su hora de almuerzo, pero ella prefiere fumar porque le gusta llegar a comer a su casa con su hermana y su mamá. Su papá se fue años atrás, y aunque si bien en un principio siguieron viéndolo los fines de semana, un día él nunca más apareció. “Ahora ni siquiera hablamos con él”, dice encogiéndose de hombros.
Carolina es de contextura delgada, muy alta y de tez blanca. Lleva puestas unas zapatillas muy gastadas y al darse cuenta que las estoy mirando me aclara: “Éstas son las que traigo para trajinar. Cuando salgo, me pongo las decentes”.
Después de salir del liceo decidió entrar a trabajar en el supermercado, no le interesó seguir estudiando. “Quería tener mi propia plata sin andar pechándole a mi mamá. Nunca me faltó nada en realidad, pero quería poder comprarme mis propias cosas”. A su mamá no le gusta la idea de que haya perdido un año trabajando como empaquetadora, le habría gustado que siguiera estudiando. “A mi vieja le molesta que dejara los estudios, no que trabaje aquí. Quería que no perdiera tiempo. Yo quiero estudiar, pero no se qué. Me gusta Educación Física, y también Inglés, pero no sé, igual tengo que decidirme bien”. Carolina tiene muy claro que estudiar no es barato, y que aunque ella ahorre, nunca va a ser suficiente para una universidad. Sin embargo, ella está confiada en que cuando dé la PSU este año logrará un puntaje que le permita obtener un crédito. A ella lo que más le sobra es fe.
Se termina de fumar el cigarro y prende otro de inmediato. Hablamos de que tanto pucho le hace mal y me dice que aprovecha la hora de almuerzo porque después es difícil arrancarse en la tarde.
Perdidos entre paquetes
La Caro ya no va al liceo y por eso puede pasar mas tiempo en el supermercado trabajando, pero sus compañeros que todavía no terminan de estudiar deben cumplir con sus clases y llegar a empaquetar en las tardes los días de semana, y en el horario que puedan los sábados y domingos.
Cuenta que los empaquetadores no tienen un jefe definido que esté pendiente de ellos. Son los encargados de mantener las cajas con sencillo, los llamados “control caja”, quienes se acercan más al rol de jefe. Sin embargo, en el “súper” cualquiera puede darles órdenes. “Hasta el que repone nos puede mandar hacer cosas de repente y uno no les puede decir que no, porque si no lo haces, te echan y listo”.
Los días viernes son los que menos le gustan de su trabajo porque les hacen limpiar las cajas, devolver cada uno de los productos que la gente deja tirada al lado de las cajas en los pasillos que corresponden, y además llevar las interminables filas de carros hasta las bodegas. “Nos pasan toalla nova y limpiador y tenemos que dejar limpias las cajas. Ese día es el único en que salimos todos como a las 10:30 de la noche”
Las primeras semanas que comenzó empaquetando le costó adaptarse al ritmo de sus demás compañeros. Eran muy rápidos con las bolsas.
Lo que más difícil era acomodar los paquetes en el carro. Metía uno detrás de otro, sin darse cuenta de las botellas que iban entre medio o de los jugos en caja. Más de una vez se reventó un envase de yogur en la bolsa, y más de alguna vez también se quedó callada. Sabe que en esos casos se expone a más de una humillación y el precio es más alto que una simple reto.
Hay veces que la gente se porta mal con ellos, como cuando les echan la culpa de haber perdido algo o haberse quedado con algo de las compras. “Varias veces se ha devuelto gente de sus casas para decir que nosotros nos quedamos con el queso o que escondimos cosas y no se las echamos en las bolsas. Después, muchas veces, los pasteles se dan cuenta que se les había quedado una bolsa en el auto o estaba en la casa”. Recuerda también una ocasión en que una señora aseguró que uno de sus compañeros se había quedado con un tarro de duraznos, “él no había sido pero le hicieron pagar el tarro, y de su propia plata. Esas cosas dan rabia”.
La hora de almuerzo se acabó. La Caro se echa brillito en los labios, se hace la cola del pelo de nuevo y se despide. Me dice que cuando venga al supermercado me ponga en su caja para que la salude y nos vayamos a fumar un cigarro.
PESIVO informa a sus seguidores y la comunidad en general que recibe colaboraciones, sugerencias y otros. Envíen lo que quieran - menos virus y pornografía, por favor- a pesivo@gmail.com.
El modelo neoliberal, con sus "pequeñas fallas".
He tenido la suerte de viajar bastante, y en cada país (especialmente en Europa) veo que los ciudadanos reciben algún beneficio de parte del Estado.
Un ciudadano paga sus impuestos, con los que -en parte- se financian los proyectos socioeconómicos de un territorio. En cierta forma, somos inversionistas. Pero a la vez somos empleados de la empresa "Estado". El funcionamiento es bastante simple, si hacemos un paralelismo a menor escala:
En una empresa/industria, un empleador asigna tareas al empleado; con esto el empleado recibe una remuneración, y el empleador recibe grandes beneficios económicos.
En un País, el ciudadano cumple con su tarea (pagar impuestos), y a cambio el Estado le otorga algún beneficio.
Un país sin habitantes, no existe... por tanto, es DEBER del Estado estimular a que el ciudadano se quede en el territorio. Por qué creen que existen las migraciones?
Se han preguntado alguna vez, qué recibe un chileno a cambio de vivir y trabajar en el país?
En Alemania, hasta hace unos 6 años (cuando tuvieron que "relajar" un poco las normas debido a un debilitamiento económico) CUALQUIER servicio de salud era gratuito. Te caíste y te partiste un diente contra el asfalto? Dentista y prótesis, gratis. Tienes una terrible alergia en tus manos? Tratamiento, con remedios incluídos, gratis.
También en Alemania: Para atender un simple kiosko de diarios tienes que hacer un curso de un semestre para obtener la licencia. Engorroso? En absoluto: El curso es financiado en su totalidad por el Estado... y además, recibes un sueldo MIENTRAS haces el curso.
En Canadá, escuelas gratuitas de calidad. Seguridad a toda prueba.
Francia premia a su pueblo teniendo el récord de mayor cantidad de días de vacaciones asignadas a sus trabajadores.
Aquí va a terminar mi comentario, y espero que a ALGUIEN le haga pensar.
Qué nos ofrece Chile?
Qué me ofrece Chile?
Sabes QUÉ te ofrece Chile?
Te ofrece una palabra:
crédito.
Posted by
XxX |
8:03 PM
Me gustó mucho el texto, Patricia.
Espero que El Mercurio de Valparaíso aumente sus ventas este domingo cuando salga publicado.
Bendiciones para todos los pesivistas que participan de esta empresa.
Posted by
dan. |
3:26 PM
Mi primera impresión fue: que laaaargo
acto seguido, lo leí...
ahora te posteo por que lo encontré bien bueno.
saludos desde un lugar donde intentamos un pesivismo distinto, el potrero...
Posted by
el 17 |
9:08 PM
me esta entreteniendo leer esto
saludos amables!
Posted by
nati |
5:50 PM
Entonces nos besamos, nuestras lenguas comenzaron a jugar, dentro y fuera de nuestras bocas, cuando la abrace para sentir su cuerpo junto al mío, rápidamente sentí como sus manos se metían bajo mi blusa, buscando mis pechos, fue algo rápido pero a la vez suave sin brusquedad, quede momentáneamente sorprendida que ella quisiera ir tan rápido a tocar mis partes.
Sin soltarnos de la lengua, jejejeje, la lleve hasta mí cama, comencé entonces a tomar el control de la situación, besar su cara, su cuello y mis manos trabajando su sexo, a través de sus ajustado jeans, ella me quito la blusa y el brassier, acariciaba mi espalda y mis pechos, trataba de meter sus manos en mis pantalones para tocar mi trasero, entre besos y caricias fuimos quedando totalmente desnudas, su hermoso cuerpo tenía esas bellas marcas, del bikini después de un buen rato de estar al sol, pase mi lengua por toda las marca de su bikini, mientras mis dedos jugaban con su clítoris, sentía que estaba casi por tener un orgasmo, y quería hacerlo bien, quería que fuera una buena experiencia para ella, dejarle un buen recuerdo, me levante y cruce mi sexo con el suyo de la manera llamada tijera, y comencé a frotar su sexo con el mío, se perfectamente el placer que da recibirlo, más que el darlo, comenzó a dar pequeños quejidos de placer, yo también estaba a cien, pero trate de controlarme, quería que ella llegara primero, finalmente, llego y yo tres segundo después que ella, nuestros cuerpos estaban con una pequeña capa de sudor, me recosté sobre su cuerpo, la bese en la boca largamente, y después fui besando su cuerpo hacía abajo, su cuello, su pequeño y puntiagudo busto, entre sus pechos, su ombligo, me hinqué entre sus piernas abiertas y tomes sus pies, los acerque a mi nariz y la coloque ente sus dedos, aspire profundamente, para que su olor me llegara completo a mis pulmones después pase mi lengua por ambas plantas de sus pies, miraba como sus ojos me veían con una gran calentura, me agaché y le empecé a hacer sexo oral, quería darle un orgasmo más, quería que notara la diferencia entre hacer sexo con un hombre y hacerlo con una mujer, que nosotras podíamos seguir explorando nuestros cuerpos y continuar teniendo orgasmos, que no es lo mismo cuando un hombre eyacula y fin de la historia, quería que fuera muy diferente a su “primera vez” con un hombre, que esta fuera su segunda primera vez, e inolvidable.
Posted by
YO |
5:15 PM